Estaba en Madrid-Barajas, escale de cuatro horas antes de volar a Barcelona. El vuelo retrasado, joder. Me senté en el bar de la terminal, olor a café quemado y donuts fritos flotando en el aire. Anuncios de vuelos por megafonía, ese pitido eterno. Llevaba falda corta, blusa escotada, sandalias. Sudor pegajoso por la humedad. Pidí un gin-tonic, hielo chocando en el vaso.
Él apareció al lado. Tío alto, moreno, ojos cansados de jet lag. Camisa blanca arrugada, pantalón vaquero ajustado. Olía a colonia fresca y avión. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa rápida, de esas que dicen ‘¿por qué no?’. ‘¿Escale también?’, preguntó con acento francés. ‘Sí, cuatro horas muertas’, respondí, mordiéndome el labio. Charla tonta: trabajos, ciudades visitadas. Su mano rozó la mía al pasar el menú. El corazón me latió fuerte. ‘Hay un hotel al lado, cinco minutos. ¿Café allí?’, propuso. Dudé un segundo, el anuncio de mi vuelo sonando lejano. ‘Vámonos’.
El cruce de miradas en el bar de la terminal
Caminamos rápido, maletas arrastrando. Check-in express, habitación 209, llave magnética pitando. Puerta cierra, clic. Aire acondicionado zumbando frío, cortinas blancas moviéndose solas. Draps impolutos, olor a detergente barato. Nos miramos, riendo nerviosos. ‘No sé tu nombre’, dije. ‘Ni yo el tuyo. Mejor así’. Se acercó, manos en mi cintura. Beso duro, lenguas enredadas, sabor a menta y gin.
Me empujó contra la pared, falda arriba. Manos en mis tetas, pellizcando pezones duros. ‘Joder, qué cachonda estás’, murmuró. Bajó mi tanga, dedos en mi coño ya empapado. Gemí, arqueando espalda. ‘Fóllame ya’, supliqué. Se desabrochó el pantalón, polla gruesa saltando libre, venosa, cabeza roja brillante. La agarré, masturbándola fuerte. Él gruñó, me giró, culo al aire. Entró de un empujón, coño lleno al instante. ‘¡Sí, así!’, grité. Ritmo brutal, pelvis chocando, piel sudada. El aire frío erizaba mi piel, sus bolas golpeándome el clítoris.
El polvo urgente en la habitación con aire acondicionado
Cambié de posición, cama crujiendo. A horcajadas, cabalgando su polla, tetas rebotando. Sudor goteando, olor a sexo crudo invadiendo la habitación. ‘Más profundo, cabrón’, jadeé. Él me agarró las caderas, embistiendo arriba. Dedos en mi culo, uno entrando, estirándome. Gemí alto, anuncio de vuelo lejano como eco. Volteé, perrito, polla hundiéndose hasta el fondo. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro, lléname’, ordené. Bombeó fuerte, semen caliente inundándome, coño contrayéndose en orgasmo. Temblores, piernas flojas, mordiendo almohada.
Caímos exhaustos, respirando agitados. Su mano en mi muslo, suave ahora. ‘Fue increíble’, susurró. Miré reloj: dos horas voladas. ‘Mi vuelo’, dije, incorporándome. Ducha rápida, agua caliente tardando, vapor empañando espejo. Me vestí, él igual. Beso último en la puerta, salado de sudor. ‘Buen viaje’, sonrió. Bajé sola, lobby vacío, olor a café otra vez. Taxi al aeropuerto, coño aún palpitando, semen resbalando en mis bragas. Embarqué con sonrisa secreta, ese polvo anónimo en mi bagage à main, quemándome viva. Mañana, vida normal. Hoy, pura fiebre.