Estaba en esa maldita sala de embarque en Barajas, Madrid, con mi vuelo retrasado cuatro horas. Olor a café quemado del Starbucks, anuncios de vuelos retumbando cada dos minutos: ‘Atención, vuelo a París con retraso’. Me aburría, sorbiendo un latte frío, cuando lo vi. Alto, enorme, como un vikingo de esos de las pelis, con barba espesa y ojos grises que taladraban. Llevaba una mochila raída, tipo mochilero. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió de lado, yo aparté la vista, pero el corazón me latió fuerte. Adrenalina del viaje, ¿sabes? Esa libertad anónima, sin compromisos.
Me levanté a por otro café. Él estaba en la barra, pidiendo una cerveza. ‘¿Española?’, me dijo con acento raro, escocés quizás. ‘Sí, y tú pareces sacado de las Highlands’, respondí riendo. Charlamos. Se llamaba Aidan, venía de Escocia, escalas locas hacia Nueva York. ‘Mi vuelo sale en tres horas’, dijo. ‘El mío también’. Silencio cargado. Sentí su mirada bajando por mi escote. ‘¿Hotel cerca?’, soltó de golpe. Dudé un segundo. ‘Joder, sí. Vamos’. Agarré mi maleta de cabina, él la suya. Caminamos rápido hacia el shuttle del hotel del aeropuerto. Manos rozándose, risas nerviosas.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Llegamos a la recepción, habitación doble porque era lo que había. Climatización helada, sábanas blancas crujientes, olor a limpio industrial. Cerró la puerta y me estampó contra ella. ‘Eres preciosa, joder’, murmuró, besándome el cuello. Le arranqué la camiseta: torso duro, tatuajes vikingos. ‘Fóllame ya’, le dije, jadeando. Me tiró en la cama, subiéndome la falda. ‘Mira esa polla’, gemí al ver su verga tiesa, gruesa, venosa. Me la metí en la boca, chupando fuerte, saliva goteando. ‘Oh, sí, cabrona’, gruñó él, agarrándome el pelo.
El polvo urgente en la habitación impersonal
Me puso a cuatro patas, oliendo mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’, dijo, lamiéndome el clítoris. Grité: ‘¡Más, joder!’. Metió dos dedos, bombeando rápido, mientras me pellizcaba los pezones. ‘Voy a reventarte el coño’, avisó. Se colocó detrás, restregando la polla en mi raja. Entró de un empujón, hasta el fondo. ‘¡Aaaah! Grande, coño’, aullé. Me taladraba salvaje, cachetazos en el culo, sábanas arrugadas. Sudor, gemidos, el zumbido del aire acondicionado. ‘Córrete, zorra’, mandó, frotándome el clítoris. Explosé, temblando, coño contrayéndose alrededor de su polla. Él siguió, ‘Me vengo, toma leche’. Eyaculó dentro, caliente, rebosando.
Caímos exhaustos. ‘Fue brutal’, susurré, besándole el pecho. Miré el reloj: dos horas para mi vuelo. ‘Tengo que irme’. Él asintió, serio. ‘Sin nombres reales, sin números. Solo esto’. Me vestí rápido, piernas flojas, coño palpitando. Le di un beso largo en la puerta. ‘Adiós, highlander’. Bajé al shuttle, anuncios de vuelos otra vez. En el avión, con el coño aún húmedo de su semen, sonreí. Recuerdo ardiente en mi bagage a mano, pura adrenalina del viaje.