Estaba en el aeropuerto de Barajas, escala eterna por un retraso. El vuelo a Valencia no salía hasta dentro de cuatro horas. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para el vuelo IB-345 a París’. Me senté en la sala de embarque, piernas cruzadas, falda ajustada subiendo un poco. Sudor en la nuca por la humedad, aunque el aire acondicionado zumbaba frío.
Lo vi al fondo del bar. Alto, rubio, ojos verdes, unos 25 años. Jeans ceñidos, camiseta blanca pegada al torso. Pidió una cerveza, miró alrededor. Nuestras miradas chocaron. Sonrió, tímido pero directo. Me acerqué al bar, pedí un gin-tonic. ‘Qué coñazo de retraso, ¿no?’, dijo él, acento francés. ‘Sí, joder, mata el tiempo’, respondí, riendo. Hablamos. Se llamaba Pierre, estudiante de intercambio. Yo, Ana, de paso eterno. ‘Hay un hotel al lado, cinco minutos. ¿Quieres matar el tiempo de verdad?’, soltó de repente. El corazón me dio un vuelco. Anonimato total, nadie nos conocía. Volaba sola, sin ataduras. ‘Vale, pero solo unas horas. Mi vuelo sale pronto’. Adrenalina pura. Caminamos rápido, mano en mi cintura.
El cruce de miradas en la sala de embarque
La habitación era impersonal: drapos blancos crujientes, clim frigida erizando la piel, olor a desinfectante mezclado con su colonia. Cerró la puerta, me besó con hambre. Lengua dentro, manos bajando mi falda. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Me tiré en la cama, él encima. Le bajé los pantalones: polla dura, gruesa, venosa, apuntando al techo. ‘Chúpamela’, pidió. Me arrodillé, lamí la punta, salada. La metí en la boca, chupando fuerte, bolas en la mano. Gemía: ‘Sí, así, puta buena’. Me levantó, rasgó mi tanga. Dedos en mi coño, ya chorreando. ‘Estás empapada, zorra’. Me puso a cuatro patas, polla rozando mi culo. ‘¿Quieres por detrás?’, preguntó. ‘Sí, métemela, pero rápido’. Empujó, dolor-placer, abriéndome el ojete. Follando duro, cachetazos en las nalgas. ‘Tu culo es mío’, gruñía. Cambiamos: yo encima, cabalgando su verga en el coño, tetas rebotando. Sudor goteando, cama chirriando. Me corrí gritando, él me llenó de leche caliente dentro. ‘Hostia, qué polvazo’, jadeamos.
Sudor pegajoso, respiraciones agitadas. Miré el reloj: dos horas voladas. ‘Tengo que irme, el embarque’. Se duchó rápido, yo me limpié con toallitas húmedas, olor a sexo impregnado. ‘Vuelve algún día’, dijo besándome. ‘Quizá’. Bajamos, aire nocturno fresco, luces de pista parpadeando. En la terminal, anuncio: ‘Embarque vuelo a Valencia’. Me fui con el coño palpitando, semen resbalando, sonrisa pícara. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano, sin mañana.