Mi follada salvaje en el hotel del aeropuerto de Madrid

Estaba en el aeropuerto de Barajas, Madrid, con una escale eterna antes de mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar me envolvía, mezclado con el zumbido de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo AZ-456 a Roma, puerta 23’. Me senté en la barra, cansada, con las piernas cruzadas, mi falda corta subiendo un poco. Pidí un gin-tonic, para matar el tiempo.

Entonces lo vi. Alto, moreno, unos 40 años, ojos marrones intensos. Parecía francés, con esa camisa ajustada marcando pecho firme. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, tímido al principio. ‘¿Puedo invitarte?’, dijo con acento sexy. ‘Claire’, se presentó. Yo, Lola, española de pura cepa, abierta como el mar. Hablamos. Él en escale a París, yo volando en unas horas. ‘Este anonimato del viaje… me pone’, le confesé, mordiéndome el labio. Él rió bajito. ‘Yo igual. ¿Hotel al lado? Tengo habitación’. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vamos’, dije, y salimos, el aire fresco de la noche golpeándonos.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado erizándome la piel. Cerró la puerta, y ya. Sus manos en mi cintura, beso hambriento. ‘Eres fuego’, murmuró. Le arranqué la camisa, sintiendo su piel caliente contra la mía. Me tumbó en la cama, los muelles chirriando. ‘Quiero comerte el coño ya’, gruñó. Separé las piernas, mi tanga empapada. Me la quitó de un tirón, su lengua directa al clítoris. Lamía duro, chupando, metiendo dedos gruesos. Gemí alto, ‘¡Sí, joder, así!’. Olía a su colonia y mi excitación, el zumbido del AC como banda sonora.

No perdimos tiempo. Se puso de pie, polla dura saliendo del pantalón. Gruesa, venosa, perfecta. ‘Fóllame’, le supliqué. Me puso en cuatro, levrette como animales. Entró de golpe, llenándome el coño hasta el fondo. ‘¡Qué apretada!’, jadeó, embistiendo fuerte, huevos chocando contra mí. Sudábamos, la clim haciendo contrastes locos. Le arañé la espalda, ‘Más rápido, cabrón’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, sus manos apretándome el culo. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro no, pero joder…’. Saqué su polla, le mamé rápido, 69 fugaz, su lengua en mi ano mientras yo tragaba saliva.

La urgencia del polvo en la habitación

Volvió a penetrarme, misionero ahora, piernas sobre hombros, follando profundo. ‘Tu coño me aprieta como puta’, dijo, y yo, ‘Córrete, dámelo’. Explosión: se corrió en condón, gritando, yo temblando en orgasmo, uñas clavadas. Quedamos jadeando, cuerpos pegajosos en sábanas revueltas. ‘Ha sido… brutal’, susurró, besándome el cuello.

Amaneció pronto. Anuncios de vuelos retumbando lejano. ‘Mi avión sale en una hora’, dije, vistiéndome rápido. Él sonrió, ‘Sin nombres reales, sin promesas’. Un beso largo, salado de sudor y semen. Bajamos, nos separamos en el lobby. Yo al check-in, él a su puerta. Ese polvo quema en mi memoria, bagaje a mano invisible. Vuelo despegando, sonrisa pícara. Mañana, otro viaje, otra aventura.

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