Estaba en una escala eterna en Barajas. Mi vuelo a Barcelona salía en seis horas. Me senté en la barra del bar de la terminal, con el olor fuerte a café recién hecho invadiendo todo. Las pantallas parpadeaban anuncios de vuelos: ‘Última llamada para Nueva York’. El aire acondicionado zumbaba, frío como un hielo. Pedí un gin-tonic para matar el tiempo.
Entonces lo vi. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba pectorales duros. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, pícaro. Se acercó. ‘¿Escale larga también?’. ‘Sí, joder, un coñazo’, respondí riendo. Hablamos. Se llamaba Marco, de Roma, volaba a Milán en cuatro horas. La charla fluyó: viajes, aventuras, el morbo de lo efímero. ‘Oye… ¿y si matamos el tiempo juntos? Hay un hotel al lado del aeropuerto’. Dudé un segundo. El corazón me latía fuerte. ‘Vale, por qué no. Solo unas horas, sin compromisos’.
El Regalo del Destino en la Sala de Espera
Salimos corriendo, riendo como críos. El shuttle nos dejó en el hotel cutre pero perfecto: impersonal, anónimo. Recepción rápida, llave en mano. Subimos. La habitación olía a limpio sintético, sábanas blancas crujientes, la clim soplando helada sobre la cama king. Afuera, lejano, el rugido de un avión despegando. Cerré la puerta. Nos miramos. ‘Joder, qué ganas’, murmuró él.
Nos lanzamos. Besos urgentes, lenguas enredadas con sabor a gin y café. Le arranqué la camiseta, besé su pecho salado de sudor nervioso. Él me bajó el top, manos ásperas en mis tetas. ‘Qué pechos tan ricos’. Gemí. Lo empujé al colchón. Le desabroché el pantalón. Su polla saltó dura, gruesa, venosa. ‘Mmm, mira qué pedazo’. La lamí desde la base, chupando las bolas pesadas. Él gruñó, agitando las caderas. ‘Chúpamela toda, puta’. La tragué profunda, garganta apretada, saliva goteando.
No aguantó mucho. Me levantó, me tiró en la cama. Draps fríos contra mi piel caliente. Me quitó los vaqueros y las bragas de un tirón. ‘Tu coño está empapado’. Metió dos dedos, follándome con ellos mientras lamía mi clítoris hinchado. ‘¡Sí, así, joder!’. Olas de placer, olor a sexo húmedo mezclándose con el aire acondicionado. Me corrí temblando, mordiendo la almohada.
Follada Salvaje en la Habitación Impersonal
‘Ahora fóllame’. Me puse a cuatro patas, culo en pompa. Él escupió en mi ano, metió un dedo, luego dos. ‘¿Quieres por el culo?’. ‘¡Dale, rómpemelo!’. Empujó su polla lubricada. Dolor placer, estirándome al límite. ‘¡Qué estrecho, hostia!’. Embestidas brutales, piel chocando, cama crujiendo. Yo me tocaba el clítoris furiosa. ‘Más fuerte, cabrón’. Sudor goteando, anuncios de vuelos filtrándose por la ventana entreabierta.
Cambiamos. Yo encima, cabalgándolo salvaje. Polla hundiéndose en mi coño chorreante. Tetazas botando, él pellizcándolas. ‘Córrete dentro’. Aceleró, gruñendo. Eyaculó a chorros, caliente, llenándome. Yo exploté otra vez, uñas en su pecho.
Nos derrumbamos, jadeando. Miré el reloj: tres horas voladas. ‘Mi vuelo…’. Él sonrió. ‘Ha sido brutal’. Ducha rápida, agua caliente lavando fluidos. Nos vestimos en silencio, cómplices. Abajo, shuttle esperándonos. Nos besamos fugaz en la puerta. ‘Suerte en el viaje’. Subí al avión, coño palpitante, su semen aún dentro. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Mañana, todo normal. Pero esto… eterno.