Estaba en la sala de embarque del aeropuerto de Madrid, volviendo de un viaje loco por Europa. Mi vuelo a Barcelona retrasado tres horas. El aire acondicionado helado me erizaba la piel bajo el vestido ligero. Olía a café quemado de la cafetería cercana, y las voces robóticas anunciaban vuelos en bucle: ‘Atención, vuelo IB-3452 a París…’. Me senté en la barra, pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Ahí lo vi. Un chico asiático, bajito, unos 1,65, pelo negro cortito, camisa ajustada. Parecía nervioso, mirándome de reojo. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí. Él se acercó, tímido. ‘¿Española? Yo vivo aquí cerca, pero… viajo mucho por trabajo’, dijo con acento suave. Se llamaba Raúl. Hablamos. Química instantánea. ‘Mi hotel está a cinco minutos en taxi. Escala eterna, ¿vienes a matar el tiempo?’, propuse. Él dudó, pero sus ojos brillaban. ‘Vale, pero solo un rato. Mi vuelo sale en cuatro horas’. Adrenalina pura. Nadie nos conocía. Ningún mañana.
Llegamos al hotel cutre al lado del aeropuerto. Recepción vacía, llave magnética. Subimos. La habitación impersonal: sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante y aire seco de la clim. Puerta cerrada, nos besamos con hambre. Sus manos temblorosas en mi cintura. ‘Eres preciosa’, murmuró. Le quité la camisa, torso liso, imberbe. Yo, 1,58, rubia pálida, tetas 95C que él miró embobado. Le bajé los pantalones. Polla pequeña, fina, pero tiesa como una barra. ‘Joder, qué rica’, gemí. Se sonrojó. Lo tiré en la cama, me arrodillé. Lamí su glande, salado, con una gotita precúm. La chupé entera, fácil por el tamaño. Jugaba con sus huevos suaves, él jadeaba: ‘¡Ay, mierda, qué bien!’. Le metí un dedo en el culo, suave, y se retorció.
El encuentro en la sala de espera
Pero paré. ‘Quiero que me comas el coño primero’. Me tumbé, abrí las piernas. Mi chochito depilado con tirita de vello, ya mojado. Él se lanzó, torpe al principio. Lengua caliente en mi clítoris, lamiendo como loco. ‘Así, joder, chúpame el botón’. Gemí fuerte, anuncian vuelos de fondo amortiguados. Sus dedos entraron, dos de golpe, chapoteando en mi salsa. Me corrí rápido, temblando, un chorrito me mojó la sábana. ‘¡Hostia, qué puta delicia!’, grité. Él subió, besos con mi propio sabor en su boca.
El polvo urgente en la habitación
Lo puse a cuatro. ‘Dime la verdad, ¿eres virgen?’. Bajó la vista. ‘Sí… nunca he follado’. Sonreí. ‘No pasa nada, te enseño’. Le mamé la polla de nuevo, hasta la garganta. Dura como nunca. Me puse encima, tetas en su cara. ‘Fóllame las tetas’. Él las apretó, viril pero dulce. Su verga entre mis 95C, lubricada con mi saliva. Vas-ven, rápido. ‘¡Me voy a correr!’, avisó. La apunté a mi barriga. Tres chorros calientes, espesos, salpicaron mi piel pálida, tetas, ombligo. Se desplomó, exhausto. Yo unté su lefa en mis pezones, masturbándome suave hasta otro mini-orgasmo.
Abrazados, sudados bajo la clim zumbante. Besos lentos. ‘Gracias, ha sido… increíble’, susurró. Miré el reloj. Mi vuelo en una hora. ‘Vístete, guapo’. Nos duchamos rápido, agua tibia. Bajamos, taxi separado. Él al suyo, yo al aeropuerto. Sentada en el avión, coño palpitando aún, su semen seco en mi piel bajo la ropa. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Volvería por más escalas así.