Estaba en escala en Barajas, Madrid. Vuelo retrasado tres horas. Me senté en el bar del hotel pegado al aeropuerto. Olía a café quemado, fuerte, mezclado con desinfectante. Anuncios de vuelos retumbaban: ‘Última llamada para París…’. Climatización fría, piel de gallina. Vestía falda corta negra, blusa blanca suelta, sin sujetador. Pelo suelto, rojo fuego. Tomaba un gin-tonic, sola, abierta al anonimato. Adoro eso del viaje: nadie sabe quién eres, te vas en horas, cero compromisos.
Lo vi entrar. Moreno, unos cuarenta, traje arrugado de ejecutivo. No guapo espectacular, pero mirada hambrienta. Se sentó cerca, pidió whisky. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí primero. Él dudó, luego levantó su vaso. ‘¿Escale eterna?’, dijo con acento francés. ‘Sí, jodida espera’, respondí. Philippe, se presentó. Contable en viaje de negocios. Yo, Ana, fotógrafa freelance, volviendo de una expo en Bruselas. Charlamos de todo: jazz viejo, fotos de nus, mis autoportraits. ‘¿Nus? Cuéntame’, insistió, ojos brillantes. Le hablé de mis sesiones en blanco y negro, piel expuesta, luces duras. Se excitó, lo noté en su voz ronca.
El cruce de miradas en la sala de espera
‘¿Y si compartimos la habitación? Mi vuelo sale en cuatro horas, el tuyo…’, propuse. Él tragó saliva. ‘Vale, loca. Vamos’. Pagamos, subimos. Ascensor lento, su mano rozó mi culo. Puerta abrió, habitación impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando, vista a pistas de aterrizaje.
Cerró la puerta, me besó salvaje. Lengua invasora, manos por todas partes. ‘Quítate todo’, gruñó. Me arranqué la blusa, tetas firmes saltaron libres. Pezones duros por el frío. Él se desabrochó el pantalón, sacó la polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Mira lo que me haces’, jadeó. La chupé un segundo, saliva goteando, pero él me tiró a la cama. ‘No hay tiempo, fóllame ya’. Abrí las piernas, coño mojado relucía. Olía a sexo, a mí. Dedos suyos entraron bruscos, dos, tres, frotando clítoris hinchado. ‘Estás chorreando, puta viajera’, murmuró. Gemí alto, ‘Sí, métemela, rápido’.
La urgencia del placer antes del vuelo
Me montó, polla embistió de un golpe. Duro, profundo, cama chirriando. ‘¡Joder, qué apretada!’, gritó. Yo clavaba uñas en su espalda, caderas chocando. Sudor salado en su cuello, lo lamí. Ritmo frenético, bolas golpeando mi culo. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro no, en la boca’, ordené. Salió, polla palpitante, esperma caliente en mi lengua. Tragué, salado, espeso. Él cayó jadeando, pero yo no paré: monté su cara, coño en su boca. Lengua lamiendo, chupando jugos. ‘Come mi coño, cabrón’. Orgasmo me sacudió, piernas temblando, gritando contra su pelo.
Luego, él de nuevo duro. Me puso a cuatro, entró por detrás, mano en pelo tirando. ‘Toma, zorra anónima’. Follada bestial, pechos balanceando, clítoris frotando sábanas. Anuncios de vuelos en altavoz lejano: ‘Vuelo a Barcelona embarcando’. ‘¡Córrete ya!’, urgió. Eyaculó dentro esta vez, caliente llenándome. Colapsamos, cuerpos pegajosos, risas entre jadeos.
Amaneció gris. Mi vuelo a las 6. Me duché rápido, agua caliente borrando olores. Él dormía, polla floja sobre muslo. Beso en labios: ‘Adiós, desconocido. Guardo tu leche en mi equipaje’. Bajé, check-in, avión despegando. Recuerdo quema aún: su polla dura, mi coño palpitante. Perfecto polvo de paso.