Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto

Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de tres horas antes de mi vuelo a Barcelona. Cansada del viaje, frustrada porque mi marido ni se entera de mí últimamente. Me senté en el bar, olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Vuelo IB-345 a París, puerta 12’. Pedí un gin-tonic, aire acondicionado helado en la piel.

Lo vi entrar. Alto, musculoso bajo la camisa, ojos que escanean como un lobo. Se sentó al lado, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron… eh… intensa. ‘¿Escale larga?’, dijo con acento francés suave. ‘Sí, tres horas muertas’, respondí, sonriendo. Charlamos. Se llamaba Claude, profesor de algo antiguo, sumero o lo que sea. Me halagaba: ‘Tienes ojos que queman, como una diosa mesopotámica’. Reí, coqueteo puro. Adrenalina del viaje, anonimato total. ‘¿Y si matamos el tiempo en un hotel cerca?’, soltó de repente. Dudé… ‘Vuelo en dos horas’. ‘Justo lo que necesitamos, sin mañana’. Mi coño ya palpitaba. ‘Vale, vamos’.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

Corrimos al hotel del aeropuerto, recepcionista con cara de póker, llave magnética. Puerta cierra, clic. Habitación impersonal: sábanas blancas crujientes, clim zumbando frío, olor a desinfectante. Nos besamos como locos, lenguas enredadas, manos por todos lados. ‘Joder, qué ganas’, gruñó quitándome la blusa. Sus labios en mi cuello, mordiendo suave. Bajó a mis tetas, pezones duros como piedras. ‘Estas tetas son perfectas’, mamó uno, chupó fuerte, yo gimiendo: ‘Ah… sí…’. Manos en mi falda, panties abajo de un tirón. Dedos en mi coño ya mojado: ‘Estás chorreando, puta cachonda’.

Lo empujé a la cama, sábanas frías contra mi piel caliente. Le bajé los pantalones, polla gruesa, venosa, tiesa como hierro. ‘Mmm, qué polla más rica’, la lamí desde la base, lengua en el capullo, saliva goteando. Él jadeando: ‘Chúpala toda, zorra’. La tragué profunda, garganta apretada, él agarrándome el pelo. ‘Para, o me corro’, dijo. Me tumbó boca arriba, piernas abiertas. ‘Voy a follarte ese coño’. Entró de golpe, polla llenándome entera. ‘¡Joder! ¡Qué prieta!’, embistió duro, cama chirriando. Yo arañándole la espalda: ‘Más fuerte, fóllame como una perra’. Sudor mezclado, piel pegajosa, clim no basta. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando, coño tragando su polla. ‘Me vengo… ahhh!’, grité, orgasmazo, jugos por sus huevos.

La follada urgente en la habitación

No paró. Me puso a cuatro, nalgada: ‘Ahora tu culo’. Dudé: ‘Eh… suave’. Lubricó con mi flujo, polla en mi ano apretado. ‘Relájate, guarra’. Entró lento, dolor-placer: ‘¡Coño, qué estrecho!’. Follando mi culo, mano en mi clítoris frotando. ‘Te voy a llenar’. Gemí: ‘Sí, córrete dentro’. Aceleró, polla hinchada, rugió corriéndose, semen caliente inundándome el culo. Yo otra vez, temblando.

Minutos después, ducha rápida, agua caliente lavando pecados. Vestidos, beso último: ‘Ha sido brutal’. Bajamos, taxi al aeropuerto. Anuncio: ‘Vuelo a Barcelona, embarque ya’. Él sonrió: ‘Guarda este recuerdo en tu equipaje’. Subí al avión, coño y culo palpitando, sonrisa pícara. Sin nombre completo, sin números. Solo fuego fugaz, perfecto.

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