Estaba en escala en Barajas, vuelo retrasado tres horas. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para París…’. Me senté en el bar de la sala de embarque, con una caña en la mano, pensando en matar el tiempo. Ahí los vi. Él, moreno, fuerte, sonrisa pícara. Ella, pelirroja, curvas de infarto, vestido azul ceñido que le apretaba las tetas enormes. Nuestras miradas se cruzaron. Primero con él, un guiño. Luego ella, ojos verdes maliciosos, como retándome.
Me acerqué, ‘¿Esperando el mismo vuelo?’, dije riendo. ‘No, el nuestro sale al amanecer. ¿Y tú?’, respondió él, Javier. Ella, Lucía, se pegó a su lado. Charla fluida, risas. Hablamos de viajes, de lo jodido que es estar solo en aeropuertos. ‘Hay un hotel aquí al lado, barato, para ducharnos y follar el rato’, soltó ella de golpe, mirándome fijo. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘¿Por qué no? Mi vuelo es en cuatro horas. Anonimato total’. Subimos juntos, adrenalina pura. Sabía que no habría mañana.
El cruce de miradas en la sala de embarque
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado erizándome la piel, ruido lejano de aviones. Lucía entró como un huracán, besó a Javier contra la puerta, lengua dentro, manos en su paquete. Yo me quedé mirando, coño ya húmedo. ‘No te vayas, quédate a ver’, murmuró ella sin soltarle. Se quitó el vestido, tanga blanca cayendo al suelo. Se subió a la cama, abrió piernas sobre su cara. ‘Lámeme, amor’, gimió bajito. Él obedeció, lengua hurgando su coño pelirrojo. Ella se retorcía, tetas rebotando, mirándome: ‘¿Delphine? No, yo soy Marta. ¿Te mola?’
Sus gemidos suaves, el slap de su lengua. Vi la polla de Javier hinchándose en los vaqueros, enorme bulto. ‘¿Quieres verla? Sácala’, jadeó ella, controlando el placer. Manos temblando, desabroché. Polla gorda, venosa, cabezota roja. Más grande que nada que hubiera tocado. La agarré, palpitaba caliente. ‘Chúpala, hazla dura para mí’, ordenó Lucía. Me arrodillé, boca abierta al máximo, tragándomela hasta la garganta. Sabía salada, dura como piedra. Él gruñía bajo su coño. Ella se bajó, nos besó las dos, lengua en mi boca con sabor a ella.
La follada urgente en la habitación fría
Desnudas ya, pieles sudadas contra el frío. Yo sobre su cara, su lengua en mi chocho empapado, lamiendo clítoris, metiéndose adentro. ‘¡Joder, qué rico!’, gemí frotándome las tetas. Lucía se empaló en su polla de un golpe, ‘¡Aaaah!’, gritó, cabalgando rápido, tetas bailando. Nos besamos encima de él, manos en sus pechos gordos, pellizcando pezones. Luego me puso a cuatro, él me folló el coño brutal, polla abriéndome entera, golpes profundos. ‘¡Fóllamela fuerte, joder!’, chillaba yo. Lucía metía dedos en mi culo, me lamía las tetas. Cambios locos: ella me come el coño mientras él la penetra, yo chupando su polla saliendo de su chocho.
‘Date la vuelta, prueba mi coño’, susurró Lucía. Dudé, pero lamí su raja húmeda, sabor intenso, clítoris hinchado. Él me follaba meanwhile, huevos golpeando. Gemidos everywhere, sudor, olor a sexo mezclado con su perfume barato. Casi al final, me arrodillé, él se meneó la polla en mi boca. ‘¡Me corro!’, rugió. Chorros calientes, espeso, tragué lo que pude, resto en mi cara, tetas de ella. Ella me dedo-follaba el coño y culo hasta que exploté gritando.
A las cinco, ducha rápida, cuerpos pegajosos. ‘Ha sido brutal, sin nombres reales’, dijo Javier riendo. Lucía me besó: ‘Vuelve algún día’. Bajamos, mi vuelo anunciado. Caminé al embarque, coño dolorido, sonrisa tonta. Ese recuerdo quema en mi maleta de mano, listo para el próximo viaje.