Estaba en escale en Barajas, Madrid. Vuelo retrasado cuatro horas. El aire olía a café quemado del Starbucks y a esos desinfectantes raros de aeropuerto. Anuncios de vuelos retumbando: ‘Pasajeros a París, puerta 15’. Me senté en el bar, con mi copa de vino, aburrida. Vestida casual: falda corta negra, blusa ligera, sin sujetador porque hace calor. Entonces lo vi. Un tío grande, fornido, como de unos 45, con camisa ajustada marcando pectorales. Me miró fijo, sonrisa pícara. Yo le devolví la mirada, mordiéndome el labio. Se acercó.
—Hola, ¿esperando también? —dijo con voz grave, acento francés quizás.
El cruce de miradas en la sala de embarque
—Sip, cuatro horas muertas. ¿Tú?
—Igual. Soy Marc. ¿Quieres compañía?
Hablamos. Él en viaje de negocios. Yo volviendo de fiesta en Ibiza. La adrenalina del aeropuerto, anónimos totales, sabiendo que en unas horas cada uno a su vida. ‘Hay un hotel al lado, cápsulas baratas para matar tiempo’, sugirió. Mi coño dio un pinchazo. ‘Venga, vamos’. Pagamos rápido, caminata corta bajo luces fluorescentes.
La habitación era impersonal: cama con sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío, ventana con vista a pistas de aterrizaje. Aviones rugiendo lejano. Cerró la puerta, me empujó contra ella. Beso salvaje, lengua invadiendo. Manos grandes subiendo mi falda, tocando muslos. ‘Joder, qué caliente estás’, murmuró. Le quité la camisa, piel sudorosa, olor a hombre. Se bajó los pantalones: polla gruesa, tiesa, venosa. Me arrodillé sin pensarlo. ‘Mámamela’, gruñó. La chupé hondo, saliva goteando, bolas pesadas en mi mano. Gemí con la boca llena, él gimiendo ‘puta… qué boca’.
El polvo brutal en la habitación con urgencia
Me levantó, tiró en la cama. Sábanas frías contra mi piel caliente. Me arrancó la blusa, pezones duros al aire. ‘Qué tetas ricas’. Las mamó fuerte, mordiendo, yo arqueándome. Bajó a mi tanga, empapada. ‘Mira cómo mojas, zorra’. Me la quitó, dedos gruesos abriendo mi coño. ‘Estás chorreando’. Lamida lenta, lengua plana en el clítoris. Grité: ‘¡Sí, así!’. Dos dedos dentro, curvados, follándome la mano. Orgasmo rápido, piernas temblando, jugos en su barbilla.
‘Quiero tu polla gorda’, supliqué. Se puso encima, condón rápido —urgencia, poco tiempo—. Glande rozando entrada, resbaladizo. Empujó: ‘¡Joder, qué prieta!’. Entró todo, llenándome. Embestidas brutales, cama chirriando. ‘¡Fóllame más fuerte!’. Manos en mi culo, azotes. ‘Di que te gusta mi polla’. ‘¡Sí, es enorme, mejor que nunca!’. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, tetas botando. Él pellizcando pezones. ‘Córrete en mi coño’. Rugió, tensándose. Eyaculó fuerte, yo con él, contrayéndome alrededor.
No paramos. Me puso a cuatro, sábanas revueltas. Polla lamiendo mis labios, entrada otra vez. ‘Otra ronda, puta de aeropuerto’. Me folló anal —sí, lubricado con mi propia leche—. Dolor-placer, gritando en almohada. Dedos en clítoris, orgasmo anal brutal. Sudor pegajoso, aire frío erizando piel.
Anuncio retumbó en megafonía lejana: mi vuelo. Sudados, exhaustos. ‘Ha sido brutal’, dijo besándome cuello. Me vestí rápido, tanga rota en bolsillo. Él sonrió: ‘Sin mañana, ¿eh?’. Bajamos, adiós en lobby. Corrí a puerta, coño palpitando, semen goteando. En avión, asiento vibrando despegue, sonrisa pícara. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano.