Estaba en el hotel al lado del aeropuerto de Barajas, vuelo retrasado tres horas. Me senté en el bar, olor fuerte a café quemado mezclado con desinfectante. Anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para París…’. Sudor en la nuca por el estrés, aire acondicionado helado erizándome la piel bajo la blusa fina. Pedí un gin-tonic, piernas cruzadas, falda ajustada subiendo un poco.
Lo vi entrar, alto, barba de tres días, maleta a cuestas. Ojos que se cruzaron en el espejo del bar. Sonrisa rápida, como si supiera. Se acercó, ‘¿Española? Yo de paso a Lisboa’. Hablamos tonterías: el retraso, el cansancio. ‘¿Vienes sola?’, preguntó, voz ronca. ‘Sí, y me aburro’, dije, mordiéndome el labio. El corazón latiendo fuerte, esa adrenalina del viaje, de saber que en unas horas cada uno a su avión. ‘¿Subimos? Mi habitación está arriba’, murmuró, mano rozando mi muslo. Dudé un segundo, ‘Joder, ¿por qué no? No hay tiempo para tonterías’.
La espera y la chispa en el bar
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, luz tenue, zumbido de la clim. Puerta cerrada, nos besamos salvajes, lenguas urgentes. Le arranqué la camisa, oliendo a colonia barata y sudor de viaje. Bajé de rodillas, desabroché su pantalón. Su polla saltó dura, gruesa, venas marcadas. ‘Mmm, qué rica’, gemí, lamiendo el glande salado. La chupé lento al principio, lengua girando alrededor, succionando fuerte. Él jadeaba, ‘Joder, qué boca…’. La metí hasta la garganta, saliva chorreando, bolas pesadas en mi mano. Me miró, ‘Ahora tú’, y me tiró en la cama.
Me quitó la falda y las bragas de un tirón, coño ya mojado palpitando. ‘Estás empapada, puta’, gruñó, enterrando la cara. Lengua en mi clítoris, lamiendo como loco, dedos abriendo mis labios. Gemí alto, ‘¡Sí, come mi coño!’. Dos dedos dentro, curvados, follándome la boca del sexo. Me corrí rápido, temblando, jugos en su barba. No paramos. Me puso a cuatro patas, polla rozando mi entrada. ‘Fóllame ya, no pares’, supliqué. Entró de golpe, dura, llenándome entera. Golpes brutales, piel contra piel, cama chirriando. ‘Qué coño tan apretado’, decía, pellizcando mis tetas. Yo empujaba hacia atrás, ‘Más fuerte, dame tu leche’. Sudor goteando, olor a sexo crudo, anuncios lejanos de vuelos recordándonos el tiempo.
El polvo intenso y la despedida
Cambié de posición, encima, cabalgándolo salvaje. Polla hundiéndose profunda, clítoris frotando su pubis. Él chupaba mis pezones duros, mordiendo. ‘Me corro, joder’, avisó. ‘Dentro, lléname’, grité. Eyaculó caliente, chorros potentes en mi coño, yo explotando otra vez, uñas en su pecho. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos.
A las cinco, alarma. ‘Mi vuelo’, dijo, besándome rápido. ‘El mío en dos horas’. Nos vestimos en silencio, sonrisa cómplice. ‘Ha sido… inolvidable’, murmuró en la puerta. Bajé al lobby, olor a café otra vez, maleta en mano. Subí al avión con el coño aún sensible, semen secándose en mis muslos. Ese recuerdo ardiente, solo mío, en mi bagage de mano. Mañana, todo normal. Pero joder, qué vicio el anonimato del viaje.