Estaba en esa escale eterna en Madrid-Barajas. Vuelo retrasado tres horas. Me arrastré al hotel del aeropuerto, uno de esos impersonales con habitaciones para pernoctar. Olía a café quemado del lobby, mezclado con el zumbido de las anuncios de vuelos por los altavoces. Me senté en el bar, pedí un gin-tonic. Sudorosa del viaje, falda ajustada, pies cansados en sandalias. Miré alrededor. Pocos clientes. Entonces lo vi. Alto, pálido, traje negro impecable. Pelo peinado hacia atrás, ojos penetrantes. Solo, sorbiendo un whisky. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí. Él devolvió el gesto, con un guiño. Eh, ¿por qué no? Tengo unas horas libres, anonimato total. Me acerqué.
—Hola, ¿esperando vuelo? —le dije, sentándome al lado.
El mirada en el bar y la chispa inmediata
—Sip, a París. ¿Y tú?
—Barcelona. Escale de mierda. Soy Laura, por cierto.
—Henri. Primera vez aquí. Bonito lugar para… encuentros.
Reímos. Hablamos de tonterías: trabajos, viajes. Él, informático, dijo algo de apps. Yo, dependienta de lujo, le conté anécdotas. Su mirada bajaba a mis pies bronceados, venas marcadas. Me picó la curiosidad. La clim del bar era fría, pezones duros bajo la blusa. Anunciaron mi vuelo para dentro de cuatro horas. Adrenalina. ¿Una noche sin mañana? Sí.
—Sube a mi habitación. Solo unas horas —susurré, rozando su mano.
Sus ojos se encendieron. Pagamos, subimos. Ascensor vacío, su aliento en mi nuca. Puerta abierta, olía a limpio sintético, sábanas blancas crujientes. Me giró, besó con hambre. Lengua profunda, manos en mi culo. Gemí.
—Joder, qué ganas —murmuró.
Le arranqué la camisa. Cuerpo delgado pero firme. Bajé su cremallera, polla dura saltó fuera. Gruesa, venosa. La apreté, masturbé lento. Él jadeaba. Me tiró en la cama, sábanas frescas contra mi piel caliente. Besó mi cuello, mordió orejas. Frío de la clim erizaba mi piel. Bajó a mis tetas, chupó pezones duros. Arqueé espalda.
—Más… fóllame ya.
Pero no. Deslizó a mi vientre, lengua en ombligo. Ayudé a quitar falda, braga empapada. Olía a mi coño excitado. Caricias en muslos. Llegó a pies. Los miró embobado. Bronceados, uñas rojas. Pasó nariz por arco, inhaló. Fetiche, eh. Mordió talón suave, lamió planta. Cosquillas placenteras. Me toqué clítoris, húmeda como nunca. Dedos resbalaban en jugos.
La follada urgente en la habitación
—Dios, tus pies… perfectos —gruñó.
Retiré pies, lo atraje. Guie su polla a mi coño. Entró despacio, estirándome. Gemí fuerte. Empujé caderas.
—Fuerte, cabrón. Rápido, no hay tiempo.
Se volvió bestia. Embistes potentes, polla golpeando fondo. Coño ardiendo, jugos chorreando. Sudor mezclado, piel contra piel. Anuncios de vuelos lejanos. Me volteó a cuatro, metió dedo en culo mientras follaba. Orgasmo me partió: espasmos, grito ahogado, coño apretando su verga. Él siguió, gruñendo.
—Me corro… dentro no, espera.
Pero apreté, ordeñé. Jets calientes llenaron mi útero. Pilula tomada, qué más da. Colapsamos, respirando agitados. Sábanas revueltas, olor a sexo denso.
Desperté con alarma. Amanecer gris por ventana. Él dormía. Beso rápido.
—Vuelo en una hora. Gracias, desconocido.
—Inolvidable, Laura.
Bajé, ducha rápida. Café del lobby, pies sensibles aún. Embarque. Despegue. Recuerdo quemando en mi mente, como bagaje secreto. Volveré a viajar.