Estaba en escala en Barajas, Madrid, esperando mi vuelo a Barcelona. El reloj marcaba las once de la noche, y el cansancio me pesaba. Me senté en el bar del hotel contiguo, ese de paso con luces tenues y olor a café quemado flotando en el aire. La climatización fría me erizaba la piel bajo la blusa ligera. Pedí un gin-tonic, fuerte, para soltar la tensión del viaje.
De reojo, lo vi. Un tío maduro, unos sesenta largos, con el pelo blanco peinado hacia atrás, traje arrugado de ejecutivo. Estaba solo, removiendo su whisky con hielo que tintineaba. Nuestras miradas se cruzaron. No fue casual. Él sonrió, esa sonrisa pícara de quien sabe lo que quiere. Yo le devolví el guiño, mordiéndome el labio. ¿Por qué no? Mañana me voy, nadie nos conoce. El anonimato del aeropuerto me ponía cachonda, esa adrenalina de ‘solo unas horas’.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
Me acerqué. ‘¿Vuelo retrasado?’, le pregunté, sentándome a su lado. Su voz grave, con acento del norte: ‘Sí, joder, hasta las seis. ¿Y tú?’. Hablamos de tonterías: el ruido de las anuncios de vuelos en fondo, ‘Última llamada para el vuelo IB-3452’, esa megafonía impersonal. Olía a su colonia vieja, a cuero de maleta. Sus manos grandes, venosas, rozaron la mía al pasar el menú. ‘¿Subimos?’, murmuró, ojos brillantes. Dudé un segundo… ‘Vale, pero rápido, mi vuelo es pronto’. Corazón latiendo fuerte.
Subimos al ascensor. Silencio cargado. En su habitación, número 214, la clim fría nos golpeó, los drapos blancos impolutos de hotel cadena. Cerró la puerta, me empujó contra ella. Sus labios ásperos en mi cuello, barba pincha. ‘Eres una puta preciosa’, gruñó. Le arranqué la camisa, piel suave, arrugada como papel viejo pero suave al tacto, temblando. Bajé la cremallera: su polla semi-dura, gruesa, venosa. ‘Ayúdame, chiquilla’, dijo, voz ronca. La chupé, lengua alrededor del capullo, saboreando ese gusto salado de maduro. Se endureció en mi boca, gimiendo ‘Joder, qué bien mamás’.
La urgencia del polvo en la habitación
Me tiró en la cama, faldas arriba. Sus dedos torpes en mi coño, ya empapado. ‘Mira cómo chorreas, puta de aeropuerto’. Lamía mis tetas, pezones duros. Olía a su sudor viejo mezclado con el ambientador del hotel. Me abrió las piernas, metió la lengua en mi raja, chupando clítoris con hambre. ‘¡Ah, sí, come mi coño!’, jadeé. Luego, su polla tiesa contra mi entrada. ‘¿Estás seco?’, pregunté, recordando historias. ‘Un poco, pero con tu saliva…’. Escupí en su verga, la metí yo misma. Dolor inicial, luego placer puro. Me follaba fuerte, cama crujiendo, ‘¡Toma, zorra!’, gruñía. Cambiamos: yo encima, cabalgando su polla arrugada pero dura, bolas peludas golpeando mi culo. Sudor goteando, pieles chocando. ‘Córrete dentro’, le pedí. Él, ‘No aguanto… ¡Me vengo!’. Chorros calientes llenándome, yo explotando en orgasmo, uñas en su pecho.
Caímos jadeantes. La clim zumbaba, anuncio lejano: ‘Vuelo a Barcelona en dos horas’. Se duchó rápido, yo me vestí. ‘Ha sido brutal’, dijo, besándome. ‘Sin nombres, sin mañana’. Bajé al lobby, piernas temblando, coño palpitando con su semen. En el avión, sonrisa pícara, ese recuerdo quemándome en el equipaje de mano. Volvería a hacerlo.