Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba en escale en el aeropuerto de Niza, verano del 2004, calor asfixiante fuera pero dentro del hotel cercano, aire acondicionado a tope. Mi vuelo retrasado unas horas, así que me metí en el bar del lobby. Olía a café recién hecho, mezclado con ese perfume barato de viajeros. Llevaba una robe ligera de flores, con botones hasta abajo, sin sujetador, solo unas sandalias. Me sentía libre, anónima, como siempre en estos viajes.

Me senté en la barra, pedí un gin-tonic. Ahí lo vi. Un chico joven, moreno, tipo estudiante de verano, con pinta de mochilero. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, yo le devolví la sonrisa, abriendo un poco las piernas al sentarme, dejando que la robe subiera. Hablamos. Se llamaba Pablo, de Madrid, escale igual que yo. ‘¿Vuelo a Barcelona?’, le dije. ‘Sí, pero retrasado. ¿Y tú?’. ‘Igual, unas horas libres’. El corazón me latía fuerte, esa adrenalina de no tener mañana.

El cruce de miradas en el bar y la decisión impulsiva

Le conté que adoraba estos encuentros fugaces. Él se acercó, su mano rozó mi muslo. ‘Estás buenísima’, murmuró. Abrí un botón más arriba, dejando ver el borde de mis tetas. Sus ojos se clavaron ahí. ‘¿Quieres subir a mi habitación? Solo unas horas, nada más’. Dudó un segundo, pero asintió. Pagamos y subimos, el ascensor pitando, anuncios de vuelos de fondo: ‘Vuelo IB-345 a Madrid, puerta 12’.

La habitación era impersonal, cama con sábanas blancas crujientes, clim frío erizando mi piel. Cerré la puerta y me apoyé en ella. ‘Quítate la camiseta’, le dije. Se la sacó, torso liso, joven. Me acerqué, abrí dos botones de la robe, mis tetas saltaron libres, pezones duros. ‘Míralas’, susurré. Se acercó, las miró embobado. Yo me senté en la cama, crucé y descrucé las piernas lento, mi tanga blanca asomando, húmeda ya.

El polvo urgente en la habitación con urgencia de vuelo

‘Ven, arrodíllate’, le ordené. Obedeció, quitándome las sandalias, besando mis pies, subiendo por las piernas. Abrí más la robe, mi coño depilado a la vista a través del encaje. ‘¿Te gusta?’. ‘Joder, sí’. Le bajé la cremallera, saqué su polla dura, gorda, venosa. ‘Mmm, qué rica’. La chupé despacio al principio, lengua en el glande, luego hondo, hasta la garganta. Él gemía, manos en mi pelo. ‘Para, o me corro’. Me levanté, robe al suelo, desnuda. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’.

Me tiró en la cama, sábanas frías contra mi espalda sudada. Me abrió las piernas, lamió mi coño, lengua en el clítoris, dedos dentro, chorreando. ‘Estás empapada, puta’. ‘Sí, fóllame duro’. Se puso condón rápido, me penetró de una, polla gruesa abriéndome, golpeando fondo. ‘¡Ah! Más fuerte’. Me follaba como animal, tetas rebotando, yo arañándole la espalda. Cambiamos, yo encima, cabalgando, coño tragándosela entera, clítoris frotando su pubis. ‘Me corro, joder’. Él debajo, mamándome las tetas, mordiendo pezones.

Orgasmos sincronizados, yo temblando, él llenando el condón. Sudor pegajoso, olor a sexo en la habitación. Nos quedamos jadeando, clim zumbando. ‘Ha sido brutal’, dijo él. Me duché rápido, él igual. Vestida de nuevo, robe arrugada, tetas marcadas sin sujetador. Bajamos, beso fugaz en el lobby. ‘Adiós, desconocido’. Su vuelo antes, el mío después. Caminé al aeropuerto, coño dolorido, sonrisa pícara, ese recuerdo quemándome en la maleta de mano. Anuncios: ‘Vuelo a Barcelona, embarque inmediato’. Perfecto final.

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