Estaba en el aeropuerto de Madrid, escala eterna de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar me envolvía, mezclado con anuncios de vuelos retumbando: ‘Atención, vuelo IB-345 a París embarcando en puerta 12’. Me senté en la barra, cansada, con mi copa de vino tinto. Llevaba falda ajustada, blusa blanca, pelo suelto. Cuarenta y pico, pero me cuido. Adoro estos momentos anónimos, saber que en unas horas todo acaba.
Lo vi entrar. Alto, traje gris, unos cuarenta y cinco, mirada directa. Se sentó a mi lado, pidió un whisky. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí primero. ‘¿Escale larga?’, preguntó con acento francés suave. ‘Sí, cuatro horas muertas’, respondí, mordiéndome el labio. Charlamos. Se llamaba Fred, ingeniero de paso. Divorciado, solo como yo. El alcohol soltaba la lengua. ‘Este sitio es un limbo perfecto para locuras’, dije riendo. Él asintió, ojos bajando a mis tetas. ‘Hay un hotel aquí al lado, cinco minutos. Mi vuelo sale en tres horas. ¿Vienes?’. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, pero sin nombres completos. Solo placer’. Pagamos y salimos, su mano en mi cintura.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
La habitación era impersonal: climatizador zumbando frío, sábanas blancas crujientes, olor a limpio y lejía. Puerta cerrada, nos miramos. Me besó con hambre, lengua dentro, manos en mi culo. ‘Quítate la falda’, gruñó. Me la bajé despacio, quedé en tanga negra y sujetador. Él se desabrochó la camisa. ‘Eres una puta perfecta para esto’, dijo, y me giró. Palmada en el culo. ‘¿Te gusta?’, pregunté jadeando. ‘Sí, pero más fuerte’. Otra, y otra. Mi piel ardía, roja ya. Me bajó la tanga a los tobillos. Dedos en mi coño, ya chorreando. ‘Estás empapada, zorra viajera’.
La follada brutal en la habitación fría
Lo empujé al borde de la cama, le bajé los pantalones. Polla gruesa, venosa, tiesa como piedra. La chupé, saliva goteando, bolas en la mano. ‘Joder, qué boca’, gemía él, agarrándome el pelo. Me puse a cuatro patas en la cama, culo en pompa. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’. Entró de un golpe, polla abriéndome el coño hasta el fondo. ‘¡Ah! Más duro’, grité. Me embestía como animal, huevos chocando, piel sudada. El aire frío erizaba mi piel. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando, clítoris frotando su pubis. ‘Me corro, joder’, aullé, contrayendo el coño alrededor de su verga. Él me volteó, misionero brutal, piernas en hombros. ‘Toma leche, puta’. Se corrió dentro, caliente, mientras yo temblaba en otro orgasmo. Sudor, olor a sexo, respiraciones agitadas.
Minutos después, ducha rápida. Agua caliente lavando fluidos. ‘Ha sido brutal’, dijo él, besándome el cuello. Vestidos, último beso en la puerta. ‘Vuelo en una hora’, murmuré. Bajamos al aeropuerto, manos rozando. En la sala de embarque, nos miramos una vez más. ‘Adiós, desconocido’. Subí al avión, coño palpitando aún, braguita húmeda en el bolso. Recuerdo su polla dura, las nalgadas, la urgencia. Mejor equipaje de mano ever.