Estaba en ese hotel cutre al lado del aeropuerto de Wrocław, con mi vuelo retrasado unas horas. Olor a café quemado por todos lados, mezclado con el zumbido de la clim fría que me erizaba la piel. Anuncios de vuelos en inglés y polaco retumbando de fondo: ‘El vuelo a Madrid sale con retraso’. Me pedí un gin-tonic en el bar, sentada en un taburete alto, con mi falda corta subiéndose un poco. No llevaba bragas, ¿para qué? Me encanta esa libertad en los viajes, el aire fresco rozando el coño, sabiendo que nadie me conoce.
Él apareció de repente, un tipo alto, moreno, con pinta de polaco o algo así, ojos que taladraban. Se sentó al lado, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron… uf, esa chispa. ‘¿Esperando vuelo?’, me dijo con acento raro, sonriendo. ‘Sí, a Madrid. ¿Y tú?’. ‘A Varsovia, pero retraso’. Hablamos tonterías, pero el roce de su rodilla contra la mía me puso cardíaca. La clim me hacía temblar, los pezones duros bajo la blusa. ‘¿Vienes de viaje sola?’, preguntó, bajando la vista a mis piernas. Sentí su mirada subiendo hasta mi entrepierna. No llevaba nada, y eso me mojó al instante. ‘Sí, y me aburro…’. Dudé un segundo. ‘¿Subimos a mi habitación? Solo unas horas, sin compromisos’. Él sonrió: ‘Venga, loca’. El corazón me latía fuerte, la adrenalina del anonimato, sabiendo que me iba en un rato.
El cruce de miradas en el bar
Entramos en su cuarto, número 207, olor a limpio artificial, sábanas blancas impolutas, ruido lejano de aviones. Cerró la puerta y me besó con hambre, lengua dentro, manos bajando mi falda. ‘Joder, ¿no llevas bragas?’, gruñó, metiendo dedos directo en mi coño ya empapado. ‘No… me pone cachonda viajar así’, gemí. Me tiró en la cama, sábanas frías contra mi piel caliente. Se quitó los pantalones, su polla dura saltando, gruesa, venosa. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé, la metí en la boca, saboreando el gusto salado, chupando fuerte mientras él me agarraba el pelo. ‘Qué puta boca, española’. La mamé profunda, saliva goteando, hasta que me levantó. ‘Abre las piernas’. Me abrí como una perra, coño hinchado, clítoris palpitando. Me lamió salvaje, lengua en el ano y coño, chupando mis labios, mordiendo suave. ‘Estás chorreando, zorra’. Entró de golpe, polla llenándome entera, embistiendo duro. ‘¡Fóllame fuerte!’, grité. La cama crujía, clim zumbando, sudor mezclándose. Cambiamos: yo encima, cabalgando su verga, tetas rebotando, él pellizcándome los pezones. ‘Me corro… ¡ah!’, exploté, coño apretándolo. Él no paró, me puso a cuatro, metiendo dedos en el culo mientras follaba. ‘Te voy a llenar de leche’. Otro anuncio de vuelo lejano: ‘Madrid, embarque en 45 minutos’. Urgencia total. Me corrió dentro, semen caliente salpicando, gimiendo ronco. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegados, olor a sexo por toda la habitación.
Al rato, me vestí rápido, falda arrugada, coño goteando su corrida. ‘Ha sido brutal’, dijo él, besándome. ‘Sin mañana, ¿eh?’. Sonreí: ‘Exacto, eso es lo mejor’. Bajé al lobby, piernas temblando, olor a café de nuevo, anuncios: ‘Vuelo Madrid, ahora sí’. En el avión, sentada, el recuerdo quemándome: su polla dura, el placer sin filtro. En mi bolso de mano, solo ese calor secreto. Viajar así… adictivo.