Mi escale fogosa en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba en el aeropuerto de Madrid, escala eterna de cinco horas hasta mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar me tenía harta, mezclado con anuncios de vuelos por los altavoces: ‘Última llamada para el vuelo a París…’. Me pedí un gin-tonic, aburrida, mirando el móvil. Entonces lo vi. Alto, moreno, ojos penetrantes, sentado solo con una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió. Yo desvié la vista, pero volví a mirarlo. Él levantó el vaso, como brindando. Me reí bajito.

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Me acerqué. ‘¿Escale larga también?’, le dije. ‘Sí, cuatro horas hasta Nueva York. Soy piloto’, contestó con voz grave. Charlamos. Se llamaba Marco, 35 años, divorciado. Yo, Ana, 32, soltera y abierta a todo. El anonimato del aeropuerto me ponía cachonda. ‘¿Y si matamos el tiempo en un hotel cerca? Hay uno al lado, 20 minutos a pie’, propuso. Dudé un segundo. ‘Vale, ¿por qué no? Mi vuelo es al amanecer’. Adrenalina pura. Caminamos rápido, el aire fresco de la noche, luces de aviones despegando. Llegamos al hotel cutre pero perfecto: impersonal, perfecto para follar sin compromisos.

El cruce de miradas en la sala de espera

La habitación olía a desinfectante y aire acondicionado frío. Draps blancos crujientes, luz tenue. Nos besamos contra la puerta, urgentes. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Quítate la falda’, gruñó. Me la bajé, quedé en tanga y sujetador. Él se sacó la camisa, polla ya dura marcando el pantalón. ‘Joder, qué tetas’, dijo tocándomelas, pellizcando pezones. Gemí. Le bajé los pantalones: polla gruesa, venosa, cabezota brillante de pre-semen. ‘Chúpamela’, pidió. Me arrodillé en la alfombra áspera. La metí en la boca, lengua en el frenillo, succionando. Él jadeaba, manos en mi pelo. ‘Más profundo, puta’. La tragué hasta la garganta, saliva chorreando. Tosí un poco, pero seguí, mamando como loca.

Follada intensa en la habitación con urgencia

Me levantó, tiró en la cama. Draps fríos contra mi piel caliente. Me abrió las piernas, tanga a un lado. ‘Estás empapada, coño jugoso’. Lamió mi clítoris, dedos dentro, curvados en el punto G. Me retorcí, ‘¡Sí, así, no pares!’. Pero era urgente, poco tiempo. Se puso un condón rápido. ‘Te voy a follar duro’. Entró de golpe, polla llenándome entera. Dolor-placer. Empujaba fuerte, cama chirriando, clim zumbando. ‘¡Más fuerte, rómpeme!’, grité. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando. Él azotaba mi culo, ‘Muévete, zorra’. Luego perrito: me embistió como animal, bolas golpeando mi clítoris. Sudor, olor a sexo. ‘Me corro’, avisó. Yo ya venía: orgasmo brutal, coño contrayéndose, squirtando un poco. Él gruñó, llenó el condón.

Caímos jadeando. ‘Increíble’, murmuró. Miré el reloj: tres horas para mi vuelo. ‘Tengo que irme pronto’. Nos duchamos rápido, agua caliente, manos curiosas aún. Vestida, él en calzoncillos. ‘Sin números, ¿eh? Solo esto’. Asintió, beso rápido. Salí al alba, aire frío, luces del aeropuerto. Anuncio: ‘Embarque para Barcelona’. Caminé con el coño palpitando, semen imaginario goteando, recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Ningún mañana, pura adrenalina. Volvería a hacerlo sin dudar.

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