Estaba en escala en Madrid-Barajas, volviendo de un viaje de trabajo. Nervios por el retraso del vuelo, el aire cargado de olor a café quemado del Starbucks y anuncios de vuelos retumbando: ‘Atención a los pasajeros con destino a Sevilla…’. Me senté en la sala de embarque, piernas cruzadas, falda corta subiéndose un poco. Ahí lo vi. Un chaval de unos 20, moreno, tímido, con mochila al hombro. Me pilló mirándolo y apartó la vista, ruborizado. Sonreí. Parecía aburrido, solo, como yo.
Me acerqué al bar de al lado, pedí un gin-tonic. Él hizo lo mismo, pidiendo una cerveza con voz baja. ‘¿Vuelo retrasado también?’, le dije casual. Asintió, ‘Sí, a Valencia… horas muertas’. Hablamos. Se llamaba Pablo, estudiante, primer viaje solo. Reservado, pero simpático. Sentí esa chispa, el anonimato del aeropuerto, sabiendo que en unas horas cada uno a su vida. ‘Hay un hotel aquí al lado, barato para escalas’, solté. Dudó, miró mi escote. ‘Venga, unas horas de relax antes del vuelo’. ‘Vale…’, murmuró, ojos brillantes.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Cogimos habitación en el Hilton del aeropuerto. Climatización fría golpeando la piel, sábanas blancas crujientes e impersonales. Hablamos tirados en la cama, cervezas del minibar. Él nervioso, yo juguetona. ‘¿Novia?’, pregunté. ‘No… soy un poco…’. Su camisa se arrugó, vi su vientre plano asomando. Cerré ojos un segundo, viento del AC rozándome las piernas. Al abrirlos, su pantalón… había un bulto creciendo. Me quedé mirando, boca seca. Él se dio cuenta, se movió incómodo. ‘Perdón… es que…’. Me acerqué, puse mano en su muslo. ‘Tranquilo, me gusta’. Él jadeó.
Le besé el cuello, desabroché su vaquero. Su polla saltó dura, larga, fina, venosa. ‘Joder, qué polla tan bonita’, susurré. Él gimiendo, ‘No… espera…’. Pero no paré. La agarré, piel suave calentándose en mi mano. La masturbe despacio, subiendo y bajando, sacando el glande brillante. Olía a hombre joven, limpio. Me arrodillé, lamí la punta. Salado. ‘¡Ahhh!’, gritó. La chupé entera, labios apretados, lengua girando. Él se retorcía, manos en mi pelo. ‘Me voy a correr…’. ‘Córrete en mi boca’, ordené. Y lo hizo, chorros calientes llenándome, tragué todo, aspirando su leche espesa. Él temblando, rojo.
La noche de sexo urgente en la habitación
No paró ahí. Me tumbó en las sábanas frías, falda arriba, braga a un lado. ‘Ahora tú’, dijo valiente. Me comió el coño, lengua torpe pero ansiosa, chupando mi clítoris hinchado. ‘Sí, así, lame mi chochito mojado’. Me corrí gritando, jugos en su cara. Luego su polla dura otra vez, me penetró de un empujón. ‘¡Fóllame fuerte, Pablo!’. Embestía urgente, sabiendo el vuelo en horas. Cambiamos: yo encima, cabalgando su verga, tetas rebotando. ‘¡Tu coño está tan apretado!’. Me corrí otra vez, él gruñendo. ‘En tu culo… ¿puedo?’. Asentí, abierta a todo. Lubricante del neceser, entró despacio. Dolor placer, me mordí labio. ‘¡Joder, qué culito virgen!’. Me folló el culo salvaje, anunciando vuelos de fondo. Se corrió dentro, leche caliente goteando.
Nos liamos toda la noche. Me la metió en la boca de nuevo, follándome garganta. Yo masturbándolo hasta vaciarle huevos. A las 4 am, agotados, sudorosos bajo el AC helado.
A las 6, alarma. ‘Mi vuelo…’, dijo vistiéndose. Beso rápido, sin promesas. ‘Ha sido… increíble’. Bajamos, él a su puerta, yo a la mía. Olor a café otra vez, anuncios. Despegue con su semen aún en mí, recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. No hubo mañana, solo eso: puro vicio anónimo.