Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. Cansada del viaje, pedí un café en el bar. Olía a espresso fuerte, mezclado con ese aire acondicionado eterno que te pone la piel de gallina. Anuncios de vuelos retumbaban: ‘Vuelo IB-567 a Londres, puerta 12’. Me senté en la barra, cruzando las piernas, sintiendo el roce de mis medias.
Ahí lo vi. Alto, atlético, como un dios griego de veintitantos. Salió de los baños, toalla… no, pantalones de chándal ajustados, camisetón. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrió, pícaro. ‘¿Escale larga?’, preguntó con acento francés. ‘Sí, jodidamente larga’, respondí, riendo. Charlamos. Se llamaba Jean, ingeniero, volaba a París en tres horas. La química saltó. Adrenalina pura: ni nombres completos, solo eso, el aquí y ahora.
El cruce de miradas en la sala de espera
‘¿Hotel cerca?’, susurró, rozando mi mano. Dudé un segundo. ‘Vamos’. Pagamos cafés, salimos corriendo al shuttle. El hotel era impersonal, luces neón, recepción rápida. Subimos al ascensor, ya nos besábamos. Puertas cerradas, habitación con vistas a pistas. Climatizador zumbando frío, cama con sábanas blancas crujientes.
Me empujó contra la pared. ‘Quiero follarte ya’, gruñó. Le arranqué la camisa, besé su pecho duro, biceps marcados. Olía a jabón fresco. Cayó de rodillas, levantó mi falda. ‘Qué coño tan bonito’, murmuró. Lengua adentro, chupando clítoris, dedos metidos. Gemí fuerte, ‘Sí, joder, así’. Me corrí rápido, temblando, piernas flojas.
Pasión urgente en la habitación
Lo tiré a la cama. Polla enorme, tiesa, venosa. La mamé profunda, saliva goteando, bolas en mi mano. ‘Mierda, qué boca’, jadeó. Se puso encima, misionero brutal. Entró de golpe, ‘¡Ah! Lento… no, más fuerte’. Follando como animales, sudando. Cambiamos: yo arriba, cabalgando, tetas botando. ‘Cógeme el culo’, pedí. Dedos en mi ano, luego su polla. Anal intenso, dolor-placer, gritando ‘¡Fóllame el culo!’.
Pared, perrito. Me abrió, azotando nalgas. ‘Voy a correrme’, avisó. ‘Dentro, en mi coño’. Chorros calientes llenándome. Colapsamos, respirando agitados. Horas así: 69, él lamiéndome el semen mezclado con mis jugos; yo cabalgando de nuevo hasta correrme gritando. Urgencia total, relojes marcando el tiempo.
Amaneció. Anuncios de vuelos en mi móvil. ‘Mi avión’, dijo, besándome. Vestidos a prisa, sin duchas. ‘Ha sido… inolvidable’, susurré. Bajamos, shuttle de vuelta. Mirada última en la terminal, él a su puerta, yo a la mía. Despegue con coño palpitando, semen seco en medias. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano, listo para el próximo viaje anónimo.