Estaba en escale en Barajas, Madrid. Vuelo retrasado tres horas. Me senté en el bar del aeropuerto, ese olor a café quemado mezclado con desinfectante. Anuncios de vuelos por los altavoces, ‘Última llamada para París…’. Nerviosa, pedí un gin-tonic. Él estaba al lado, alto, moreno, con esa mirada de viajero cansado pero cachondo. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí. Él también. ‘¿Escale eterna, eh?’, dijo con acento italiano. Charlamos. Se llamaba Marco, volvía de un congreso. Yo, de vuelta de unas vacaciones en Canarias. ‘¿Cuánto tiempo?’, pregunté. ‘Cuatro horas’. Yo, tres. La química saltó. Adrenalina pura. ‘¿Y si matamos el tiempo juntos?’, soltó él, bajito. Dudé un segundo. ‘Venga, hotel al lado. Anonimato total’. Me encantó. No hay mañana. Cogimos las maletas y salimos.
El hotel era impersonal, luces fluorescentes, clim ruidosa helando el aire. Subimos a su habitación, número 247. Draps blancos crujientes, olor a limpio artificial. Cerró la puerta. Me empujó contra ella. Beso salvaje, lenguas enredadas, manos por todas partes. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le arranqué la camisa. Piel caliente contra el frío. Se me metió mano bajo la falda, directo al tanga. ‘Estás empapada, puta’. Sonreí. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’. Lo tiré a la cama. Le bajé los pantalones. Polla dura, gruesa, venosa. La chupé con hambre, saliva goteando, bolas en la mano. ‘Mmm, cabrona, qué boca’. Me puso a cuatro patas. Draps fríos en las rodillas. Me abrió el coño con los dedos. ‘Mira cómo chorreas’. Entró de un golpe. ‘¡Ahhh! Sí, así, cabrón’. Me taladraba fuerte, culazos secos. Sudor mezclado con clim. ‘Tu coño aprieta como una virgen’. Le pedí más. ‘Méteme el dedo en el culo’. Obedeció. Doble penetración casera. Gemí alto, sin pudor. Cambiamos. Yo encima, cabalgando salvaje. Polla hasta el fondo, clítoris frotando. ‘Me corro, joder’. Él debajo, pellizcándome los pezones. ‘Córrete, zorra’. Explosión. Chorros en su pecho. Él se giró, me folló boca abajo. ‘Ahora te lleno’. Tres embestidas y eyaculó dentro, caliente, espeso. Colapsamos, jadeando.
El cruce de miradas en el bar
Media hora después, ducha rápida. Agua caliente contrastando el frío. ‘Ha sido brutal’, dijo él, besándome el cuello. ‘Sin arrepentimientos’. Bajamos. Anuncios otra vez: mi vuelo embarcando. Nos dimos un beso fugaz en el lobby. ‘Buen viaje’. Me fui con las piernas temblando, coño palpitando, su semen goteando aún. En el avión, sonrisa tonta. Recuerdo ardiente en mi bagage a main. Anonimato perfecto. Volvería a hacerlo mañana.