Estaba en escala en Barajas, Madrid. Vuelo retrasado tres horas. Me senté en el bar del hotel pegado al aeropuerto, con esa humedad pegajosa del café quemado flotando en el aire. La megafonía anunciaba vuelos una y otra vez: ‘Última llamada para París…’. Yo pedía un gin-tonic para matar el tiempo. Llevaba una falda ligera, sandalias, el pelo suelto. Sudor bajo las axilas por el estrés del viaje.
Lo vi entrar. Alto, moreno, brazos gruesos como los de un tipo que trabaja con las manos. Camiseta ajustada, jeans desgastados. Se sentó dos taburetes más allá, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, dientes blancos, ojos vivaces. ‘¿Escale también?’, dijo con acento del sur, andaluz quizás. Asentí, riendo nerviosa. ‘Sí, jodido retraso. ¿Tú?’.
La mirada en el bar y la decisión impulsiva
Hablamos. Se llamaba Raúl, volvía de un curro en Alemania, plomero o algo así. Hablaba de tuberías, pero yo solo veía sus antebrazos velludos, el sudor en su cuello. El bar olía a fritanga y desinfectante. La clim del aeropuerto zumbaba. ‘¿Vienes sola?’, preguntó, inclinándose. ‘Sí, siempre viajo sola. Me encanta el anonimato, saber que en unas horas me voy y no hay mañana’. Él rio. ‘Yo igual. ¿Quieres subir a mi habitación? Tengo vistas al pista, y el vuelo mío es a las cinco’. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ¿Por qué no? Adrenalina pura. ‘Vale, pero solo un rato’.
Subimos en el ascensor. Silencio cargado. Puerta de la habitación se abrió con un clic. Aire frío de la clim, sábanas blancas impolutas, olor a limpio y a avión lejano. Me besó contra la puerta, labios suaves al principio, luego lengua hurgando mi boca. Manos grandes en mi cintura. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le quité la camiseta. Piel salada, pecho duro. Yo con la falda subida ya.
Follada brutal en la habitación fría
Me tiró en la cama. Breteles abajo, pechos al aire. Chupó mis tetas, lengüeta en los pezones duros. ‘Mmm, qué ricas’. Gemí, arqueándome. Sus manos en mis muslos, abriéndolos. ‘Quítame las bragas’, le dije jadeando. Él rio: ‘Tranquila, sé cómo’. Bajó la cabeza, lengua directa al coño. Lamía despacio, chupando el clítoris. ‘Estás empapada, puta’. Yo: ‘Sí, fóllame con la lengua’. Metió un dedo, luego dos, curvándolos dentro. El sonido chapoteante, mi olor a excitada llenando la habitación. Anuncios de vuelos de fondo, lejanos.
No aguanté. ‘Métemela ya’. Él se levantó, sacó una condón del bolsillo. ‘Siempre llevo, por si acaso’. Polla dura, gorda, venosa. La cogí, masturbándola. Pre-semen en la punta. Me la metí en la boca un segundo, saboreando. Pero urgencia: ‘Fóllame fuerte’. Me puso a cuatro patas, sábanas frías contra las rodillas. Entró de un empujón. ‘¡Joder, qué apretada!’. Embestidas rápidas, huevos golpeando mi culo. Yo gritaba: ‘Más, cabrón, rómpeme el coño’. Sudor goteando, clim helada en la piel caliente. Él gruñía: ‘Me corro…’. Yo primero, orgasmo explotando, piernas temblando. Él se vació dentro, jadeando.
Quedamos tirados, respirando. Cinco minutos. ‘Mi vuelo’, dije mirando el reloj. Se duchó rápido. Yo me vestí, coño palpitando aún. Beso en la puerta. ‘Ha sido la mejor escala’, dijo guiñando. Bajé sola al aeropuerto, olor a su semen en mi piel bajo la ropa. Vuelo boarding. Me senté en el asiento, sonrisa tonta. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Mañana, otro viaje, otra aventura.