Estaba en el aeropuerto de Gunnison, joder, qué nevada más puta. Mi vuelo a Denver retrasado por horas, quizás hasta mañana. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos cancelados retumbando en los altavoces. Me senté en la barra del bar del hotel contiguo, climatización helada erizándome la piel bajo la blusa. Pedí un gin-tonic, fuerte, para matar el tiempo. Ahí lo vi. Alto, moreno, ojos intensos, solo con una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él dudó un segundo… y vino.
‘Hola, ¿esperando el mismo milagro? Soy Alex’, dijo con voz ronca, acento americano. ‘Sí, Laura, de España. Esto es una mierda, ¿no?’, respondí, cruzando las piernas despacio. Charlamos. Él volaba a Aspen por trabajo, yo de paso en un viaje loco. La química saltó rápido. ‘¿Sabes qué? Mañana nos vamos cada uno por su lado. ¿Por qué no quemamos esta noche?’, solté, mirándole fijo. Él tragó saliva. ‘Joder, sí. Mi habitación está arriba’.
El Encuentro en la Barra del Aeropuerto
Subimos. Ascensor vacío, ya nos besábamos. Puertas cerradas, ¡zas!, contra la pared. Climatización fría, pero su boca ardiente. Le arranqué la camisa, él mi falda. ‘Eres una diosa’, murmuró, manos en mi culo. Draps blancos impolutos en la cama king size, impersonales, perfectos para esto. Me tiró encima, yo abrí sus pantalones. Su polla saltó, dura, gorda, venosa. ‘Mmm, qué pedazo de verga’, gemí, lamiendo la punta. Salado, caliente.
Me arrodillé. La chupé despacio al principio, lengua girando en el glande, bolas en la mano. Él gruñó: ‘¡Hostia, Laura, qué boca!’. Aceleré, mamándola profunda, garganta hasta la base. Babas chorreando, él me agarraba el pelo. ‘No pares, joder’. Sentía su pulso en mi boca, hinchándose más. Luego, me puso a cuatro patas. ‘Te voy a follar como una puta’, dijo, escupiendo en mi coño ya empapado. Entró de golpe, ¡ay!, llenándome entera. Golpes secos, piel contra piel, cama crujiendo.
Follada Urgente en la Habitación
‘¡Más fuerte, cabrón!’, grité. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, tetas botando. Sus manos en mis pezones, pellizcando. Sudor mezclado, olor a sexo crudo. Me corrí primero, temblando, coño apretando su polla. ‘¡Me vengo, joder!’. Él no aguantó: ‘Te lleno, zorra’. Chorros calientes dentro, desbordando. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegados.
Pero no paramos. Segunda ronda: él me lamió el coño, lengua experta en el clítoris, dedos dentro. Yo gemía bajito, pensando en los anuncios lejanos de vuelos. ‘Cásate conmigo’, bromeó entre lametones. Reí, corrí otra vez. Luego, misionero brutal, piernas en sus hombros, polla machacando profundo. ‘¡Dame todo!’, exigí. Eyaculó fuera esta vez, leche espesa en mi vientre.
Amaneció. Luz gris filtrándose, nevada calmándose. ‘Mi vuelo sale en una hora’, dije, vistiéndome rápido. Él sonrió, exhausto: ‘Ha sido… inolvidable’. Un beso fugaz en la puerta, sin números, sin promesas. Bajé al aeropuerto, café en mano, coño dolorido y sonrisa pícara. Ese recuerdo quema en mi maleta, pura adrenalina de viaje. Mañana, otro destino, otra yo.