El traqueteo rítmico del tren me despierta de golpe. Abro los ojos y siento el calor húmedo entre mis muslos. El vagón cama está en penumbra, solo una luz tenue del pasillo se filtra por la rendija de la puerta. Tengo veintiséis años, me llamo Laura y viajo sola de Madrid a Lisboa para un congreso. Pero ahora mismo no pienso en ponencias ni en hoteles. Pienso en el roce de mi propia mano que, sin darme cuenta, ha bajado hasta el borde de mis braguitas mientras dormía.
—¿Estás despierta? —susurra una voz grave desde la litera de enfrente.
Me incorporo de un salto, el corazón latiéndome en la garganta. Es él. El hombre que subió en la estación de Salamanca hace tres horas. Moreno, barba cuidada, unos cuarenta años. Se presentó como Carlos, arquitecto, y ocupó la litera superior opuesta. Ahora está sentado en la de abajo, con la camisa desabotonada, mirándome fijamente.
—Sí… no podía dormir —respondo, intentando que mi voz no tiemble. Siento que mis pezones se endurecen bajo la fina camiseta de tirantes.
—Yo tampoco. Te oía moverte. Gemías bajito. —Su sonrisa es lenta, peligrosa—. ¿Un mal sueño?
Trago saliva. El tren da una sacudida y mi cuerpo se balancea. Noto cómo la humedad se extiende. No sé por qué, pero en lugar de mentir, decido jugar.
—No era un mal sueño. Era… muy bueno.
Carlos baja de su litera con un movimiento felino. Se sienta frente a mí, tan cerca que puedo oler su colonia amaderada mezclada con el leve olor a whisky que bebió antes de acostarse.
—Cuéntame —dice en voz baja, casi un ronroneo—. ¿Qué soñabas exactamente?
Mi respiración se acelera. Miro la puerta corredera. Nadie. El vagón está prácticamente vacío.
—Soñaba que alguien me miraba mientras me tocaba… —admito, sintiendo que me arden las mejillas—. Que me observaba sin decir nada, solo mirando cómo metía los dedos dentro de mí.
Él no se mueve, pero sus ojos brillan.
—Y en ese sueño… ¿te gustaba que te miraran?
—Muchísimo —confieso en un susurro. Mi mano derecha, como si tuviera vida propia, se desliza por mi vientre y se detiene justo encima del elástico de las braguitas—. Me ponía muy cachonda imaginarme expuesta, abierta…
Carlos se inclina hacia delante. Su rodilla roza la mía.
—Entonces hazlo ahora, Laura. Muéstrame lo que hacías en ese sueño.
El pulso me retumba en los oídos. Debería negarme. Debería cerrar la puerta con pestillo y fingir que nada de esto está pasando. En cambio, me recuesto contra la pared del vagón, separo las piernas lentamente y dejo que la camiseta se suba hasta la cintura. Mis braguitas blancas de encaje ya tienen una mancha oscura en el centro.
—Así… —murmuro mientras mis dedos dibujan círculos sobre la tela húmeda—. Empezaba despacio, frotando el clítoris por encima de la ropa… hasta que no aguantaba más.
Sus ojos no se apartan de mi entrepierna. Veo cómo su pantalón se tensa a la altura de la bragueta.
—Quítatelas —ordena con voz ronca—. Quiero verte entera.
Obedezco. Levanto las caderas y deslizo las braguitas por mis piernas, dejando que caigan al suelo del compartimento. El aire fresco del aire acondicionado besa mi sexo depilado. Estoy completamente expuesta ante un desconocido en un tren que cruza la noche.
—Joder… qué coño tan bonito —gruñe él—. Sigue. Cuéntame qué hacías después en tu sueño.
Introduzco un dedo entre mis labios hinchados y gimo bajito. El tren pasa sobre un cambio de vía y la vibración me recorre el cuerpo como una descarga eléctrica.
—Metía primero un dedo… luego dos… —explico entre jadeos—. Los movía despacio, imaginando que era la lengua de alguien… y con la otra mano me pellizcaba los pezones.
Carlos se desabrocha el cinturón sin prisa. El sonido metálico de la hebilla me pone aún más húmeda.
—Quítate la camiseta. Quiero verte las tetas mientras te follas con los dedos.
Me la saco por la cabeza. Mis pechos, medianos y firmes, quedan al aire. Mis pezones están tan duros que duelen. Empiezo a pellizcar uno mientras acelero el movimiento de mi mano entre mis piernas. El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo llena el pequeño compartimento.
—Dios… me estoy corriendo —aviso con la voz entrecortada—. No puedo parar…
—Todavía no —me interrumpe él, acercándose más. Su cara está a pocos centímetros de mi coño empapado—. Quiero que te des la vuelta. Quiero verte el culo también.
Me pongo de rodillas sobre la litera, de espaldas a él, arqueando la espalda. Separo las nalgas con ambas manos, mostrándole todo. Siento su aliento caliente justo ahí.
—Por favor… —suplico sin saber muy bien qué pido.
—Dime qué quieres que haga, Laura.
—Quiero que me mires mientras me corro… y que me digas lo puta que soy por hacerlo delante de ti.
Su risa baja y oscura me eriza la piel.
—Eres una puta preciosa. Mira cómo goteas en el asiento del tren. Métete dos dedos otra vez. Más profundo.
Obedezco. Dos dedos entran fácilmente, luego tres. Mi clítoris palpita. Empiezo a moverme contra mi propia mano como una perra en celo. El tren acelera. Los sonidos de la vía se mezclan con mis gemidos cada vez más altos.
—Carlos… me voy a correr… no puedo más…
—Hazlo. Córrete para mí. Quiero ver cómo te contraes.
El orgasmo me golpea como un tren de mercancías. Mis piernas tiemblan, mi coño se cierra alrededor de mis dedos en espasmos violentos. Un chorro caliente sale de mí y moja la sábana. Grito, mordiendo la almohada para no despertar a todo el vagón.
Apenas he terminado de convulsionar cuando siento sus manos fuertes en mis caderas. No me penetra. Todavía no. Solo frota su polla dura, gruesa y caliente entre mis nalgas, deslizándose sobre mi humedad sin entrar.
—Ahora me toca a mí —susurra contra mi oído, mordiéndome el lóbulo—. Pero esta vez vas a contarme todos tus secretos más sucios mientras te follo. Y no pararás hasta que hayamos cruzado la frontera.
El tren silba en la noche. Yo, todavía temblando, separo más las piernas y empujo hacia atrás, sintiendo cómo su glande presiona contra mi entrada empapada.
—Sí… —jadeo, rendida—. Pregúntame lo que quieras. Te lo contaré todo… todo.
Y mientras el tren sigue su camino hacia Lisboa, dejo que Carlos entre en mí de un solo empujón profundo, sabiendo que este viaje acaba de volverse absolutamente inolvidable.