Nieve y Deseo en la Cabaña

El viento aúlla contra las ventanas de madera y sacude las ramas cargadas de nieve. Me froto las manos frente al fuego que acabo de encender, sintiendo cómo el frío se me mete bajo la chaqueta. La cabaña de los senderos altos apenas tiene dos habitaciones, pero esta noche será nuestro refugio. Escucho sus botas pesadas quitándose la nieve en la entrada y mi pulso se acelera sin que pueda evitarlo.

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— ¿Ya prendiste el fuego, Laura? —pregunta Diego desde la puerta, su voz grave cortando el silencio como un cuchillo caliente.

— Sí, pero la leña está húmeda. Tardará en calentarse de verdad —respondo sin girarme, concentrada en avivar las llamas.

Él se acerca. Puedo oler su aroma a bosque mojado y sudor limpio. Diego es el guía que contraté para esta ruta de tres días por los Andes chilenos. Treinta y dos años, hombros anchos y una sonrisa que siempre parece esconder algo. Yo tengo veintiséis, acabo de terminar mi máster en ingeniería ambiental y esta escapada era mi premio por meses de tesis interminables.

— La tormenta llegó antes de lo que decía el pronóstico —comenta mientras se quita el abrigo y lo cuelga junto al mío—. No podremos bajar hasta mañana al mediodía como mínimo. Estamos solos aquí arriba.

Sus palabras caen sobre mí como una caricia inesperada. Solos. Me giro y lo miro. La luz anaranjada del fuego ilumina su barba de tres días y el contorno marcado de sus labios. Trago saliva.

— ¿Tienes hambre? —pregunto para romper la tensión—. Encontré papas, cebollas y un poco de queso en la despensa. Puedo preparar algo rápido.

— Tengo hambre, sí —responde él, y sus ojos bajan un segundo a mi boca antes de volver a mis ojos—. Pero no precisamente de comida.

El calor sube por mi cuello. Me doy la vuelta hacia la pequeña cocina de hierro para ocultar el rubor. Siento su presencia detrás de mí mientras corto las papas. Cada movimiento de mi cuchillo parece resonar demasiado fuerte.

— Laura… ¿por qué elegiste esta ruta tan aislada? —pregunta de repente, acercándose tanto que siento el calor de su pecho en mi espalda.

— Quería desconectar. La ciudad, el trabajo, las pantallas… Necesitaba algo real —contesto, cortando con más fuerza de la necesaria.

Su mano grande cubre la mía sobre el cuchillo, deteniéndome. El contacto es eléctrico.

— ¿Y crees que esto es real? —susurra cerca de mi oreja, su aliento cálido contra mi piel fría.

Me giro entre sus brazos. Estamos tan cerca que puedo ver las vetas verdes en sus ojos marrones. Mi respiración se acelera.

— Diego, no soy de las que se acuestan con el primer guía que encuentran —digo, aunque mi voz sale más temblorosa de lo que quisiera.

— Yo tampoco soy de los que se insinúan a sus clientas —responde con una media sonrisa—. Pero llevo dos días viéndote caminar delante de mí, con esos pantalones ajustados y esa forma de mirar el paisaje como si quisieras devorarlo. Me estás volviendo loco.

Sus manos bajan hasta mis caderas y me atrae contra él. Siento su erección presionando contra mi vientre y un gemido se me escapa. El fuego crepita más fuerte, como si respondiera a la tensión que crece entre nosotros.

— Dime que pare y paro ahora mismo —murmura, sus labios rozando los míos sin llegar a besarme.

— No quiero que pares —confieso en un susurro.

Su boca cae sobre la mía con hambre. El beso es urgente, profundo. Sus manos suben por debajo de mi suéter, tocando mi piel helada y haciéndome estremecer. Lo empujo suavemente hacia el sofá viejo frente a la chimenea. Caemos sobre los cojines sin separarnos.

— Quítate esto —ordeno, tirando de su camiseta térmica.

Él obedece y su torso aparece, musculoso por años de guiar expediciones. Mis dedos recorren sus abdominales mientras él desabrocha mi camisa con dedos hábiles. Mis pechos quedan expuestos al aire frío de la cabaña. Sus labios bajan inmediatamente a uno de mis pezones, succionando con fuerza.

— ¡Dios, Diego! —gimo, arqueándome contra él.

— Quiero saborearte entera —dice contra mi piel, bajando por mi estómago mientras sus manos bajan mis pantalones y mi ropa interior de un solo movimiento.

Estoy completamente desnuda frente a él. La luz del fuego baila sobre mi piel. Separa mis muslos con decisión y su boca desciende directamente entre mis piernas. Su lengua encuentra mi clítoris hinchado y lame con lentitud deliberada.

— Sabes mejor de lo que imaginaba —gruñe, introduciendo dos dedos dentro de mí sin aviso.

Grito de placer, mis manos enredándose en su cabello oscuro. Él chupa, lame y curva los dedos en el punto exacto que me hace temblar. La nieve golpea las ventanas con furia, pero el único sonido que importa es el de mi respiración entrecortada y sus gemidos de aprobación mientras me devora.

— No pares… por favor —suplico, sintiendo el orgasmo acercándose como una avalancha.

Él acelera el movimiento de su lengua y sus dedos. Exploto en su boca, gritando su nombre mientras olas de placer me recorren. No me da tiempo a recuperarme. Se incorpora, se quita los pantalones y su polla gruesa y dura salta libre. Es grande, venosa, con la cabeza brillante de líquido preseminal.

— Quiero follarte ahora, Laura —dice con voz ronca, colocándose entre mis piernas abiertas.

— Sí… fóllame —respondo, abriéndome más para él.

Entra de un solo empujón profundo. Ambos gemimos al unísono. Me llena por completo. Comienza a moverse con ritmo fuerte, sus caderas golpeando contra las mías. El sofá cruje bajo nosotros. Mis uñas se clavan en su espalda mientras me embiste una y otra vez.

— Más fuerte —pido, mordiendo su hombro.

Él gruñe y acelera, follándome con fuerza animal. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llena la cabaña. Siento otro orgasmo construyéndose rápido.

— Me voy a correr —avisa, su voz entrecortada.

— Dentro… córrete dentro de mí —suplico, apretándolo con mis músculos internos.

Con un rugido gutural, Diego se hunde hasta el fondo y se derrama en mí. Siento los chorros calientes llenándome mientras yo misma me corro de nuevo, contrayéndome alrededor de su polla palpitante.

Quedamos jadeando, sudados, unidos. La nieve sigue cayendo fuera, aislándonos del mundo. Él levanta la cabeza y me mira con una sonrisa satisfecha.

— Esto no fue parte del itinerario —murmura, besando suavemente mis labios hinchados.

— Creo que acabamos de crear una nueva ruta —respondo, atrayéndolo de nuevo hacia mí mientras el fuego crepita y la tormenta nos mantiene prisioneros en esta noche de placer inesperado.

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