Estaba en el hotel del aeropuerto de Madrid, esperando mi vuelo de madrugada. La escale era eterna, tres horas muertas. Olía a café quemado por todos lados, y las altavoces no paraban: ‘Vuelo a Barcelona, puerta 15’. Me senté en el bar, con mi copa de vino, aburrida. Vestía un vestido ligero, sin sujetador, porque el calor del día. La clim del sitio era gélida, me ponía la piel de gallina.
Entonces lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa pícara. Se sentó al lado, pidió un whisky. Nuestras miradas se cruzaron. ‘¿Escale eterna?’, me dijo. ‘Sí, vuelo en unas horas. ¿Y tú?’. ‘Igual, a Nueva York al amanecer. Me llamo Tomás’. Charlamos. Él en viaje de negocios, yo volviendo de unas vacaciones locas. Reíamos de la soledad de los aeropuertos, de cómo todo es anónimo aquí. Pidió champán. ‘Por las noches sin mañana’, brindamos. Sus ojos bajaban a mi escote, yo no me cubría. El alcohol me calentaba por dentro.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
‘¿Quieres subir a mi habitación? Solo unas horas libres’, murmuró, rozando mi mano. Dudé un segundo. ‘¿Y si nos pillan?’. ‘Nadie nos conoce. Adrenalina pura’. Me mordí el labio. ‘Vale, vamos’. El corazón me latía fuerte. Caminamos al ascensor, su mano en mi cintura. La puerta se cerró con un clic. Me besó ahí mismo, duro, lengua dentro. ‘Joder, qué ganas’, gemí.
Entramos en la habitación. Drapos blancos impolutos, olor a limpio y clim fría. Cerró la puerta. ‘Quítate el vestido’, ordenó. Obedecí, quedé en tanga negra, ya mojada. Él se desnudó rápido, su polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Mira cómo estás de cachonda’, dijo, tocando la mancha en mi tanga. La arrancó de un tirón. Me tiró en la cama, abrió mis piernas. ‘Qué coño tan rico, depilado, chorreando’. Lamía mi clítoris, succionaba fuerte. Grité: ‘¡Sí, así!’. Dos dedos dentro, curvados, masajeando mi punto G. Me corrí rápido, temblando, jugos por sus dedos.
El polvo brutal en la habitación y la despedida
‘Ahora fóllame’, supliqué. Se puso encima, polla en mi entrada. Empujó de golpe, hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’. Embestía brutal, sin piedad. La cama crujía, el cabecero golpeteaba la pared. Yo clavaba uñas en su espalda: ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Cambiamos, yo encima, cabalgando su verga, tetas rebotando. Él pellizcaba mis pezones duros. ‘Córrete dentro, lléname’. Aceleró, gruñendo. Eyaculó chorros calientes, profundo. Yo exploté otra vez, coño contrayéndose alrededor de su polla.
No paramos. En la ducha, jabón por todos lados. Le manoseé la polla, se endureció. Me empotró contra el cristal: ‘Otra ronda’. Me penetró de pie, agua cayendo. Follando salvaje, hasta corrernos juntos de nuevo. Sudados, exhaustos.
A las 4 AM, mi vuelo. ‘Debo irme’. Me besó: ‘Guarda el recuerdo en tu equipaje’. Bajé, piernas temblando, coño palpitando con su semen. Anuncios de vuelos en fondo. Subí al avión con esa quemazón entre las piernas. Ningún mañana, solo placer puro.