Estaba en escala en Barajas, vuelo a México retrasado cuatro horas. Cansada, arrastro mi maleta al hotel de al lado del aeropuerto. El lobby huele a café quemado y desinfectante. Anuncios de vuelos retumban por los altavoces: ‘Última llamada para el vuelo a París…’. Entro al bar, pido un gin-tonic. Me siento en la barra, piernas cruzadas, falda corta negra que sube un poco.
Ahí lo veo. Un tío alto, rubio, unos 25 años, ojos azules. Americano, por el acento cuando pide su cerveza. Nuestras miradas se cruzan. Sonrío, él levanta la copa. ‘Hola, ¿esperando vuelo?’, dice con inglés torpe. ‘Sí, cuatro horas muertas’, respondo yo, en español mezclado. Se acerca. Se llama Mike. Hablamos de tonterías: jet lag, ciudades visitadas. Siento la química. Adoro esto del viaje, el anonimato. En unas horas, cada uno a su vida. No hay mañana.
El cruce de miradas en el bar
Otro gin-tonic. Río de sus chistes malos. La urgencia crece en mi vejiga, he bebido mucho café antes. Me retuerzo un poco en el taburete. Él nota. ‘¿Todo bien?’, pregunta. ‘Sí, solo… necesito pis urgente’, digo bajito, riendo nerviosa. Sus ojos brillan. ‘Vamos a mi habitación, hay baño’, sugiere. Dudo un segundo. ¿Por qué no? La adrenalina me sube. ‘Vale, vamos’.
Subimos en el ascensor. Climatización fría, piel de gallina. Su habitación: cama king con sábanas blancas impolutas, olor a limpio y a su colonia. Cierro la puerta. Directa al baño. Giro el picaporte… está atascado. ‘¡Mierda!’, digo. Insisto, nada. Empiezo a bailar de un pie a otro, apretando muslos. Mike sale de la ducha, solo con toalla. Me ve, congelada, manos entre piernas.
‘¿Qué pasa?’, pregunta. ‘El baño… no abre. Y… joder, me voy a mear encima’, gimo. Él se acerca, sonríe pícaro. ‘Hazlo aquí. No pasa nada’. ¿Qué? Me quedo pasmada. ‘No, imposible’. Otro espasmo, siento un chorrito caliente mojar mis bragas de algodón. Aprieto fuerte. ‘Por favor, ayúdame…’. Él me mira fijo. ‘Déjate llevar, nena. Me pone’.
El clímax salvaje y la despedida
No aguanto más. Las piernas tiemblan. El pis sale a chorros, empapa mis bragas, baja por muslos. Grito de vergüenza, pero él me abraza. ‘Shh, está bien’. Me dejo caer en la moqueta, él conmigo. Sigo meando, caliente bajo el culo, alivio brutal. La presión baja, placer sube. Abro ojos: su polla dura como piedra, asomando por la toalla. La agarro instinto. ‘Joder, qué dura’, murmuro. La meneo rápido, venosa, palpitante.
Mike gime. ‘Sí, así… fóllame la mano’. En segundos, eyacula fuerte, leche caliente en mi palma. Me excita tanto. Meto mano en bragas empapadas, toco mi clítoris hinchado. ‘Mírame, cabrón’, jadeo. Dedos volando, frotando furioso. Él me besa cuello, chupa tetas por la camiseta. ‘Córrete para mí, puta cachonda’. La habitación gira: anuncios lejanos, aire frío en piel mojada. Orgasmos me parte, grito ronca, coño chorreando jugos mezclados con pis.
Nos follamos después. Brutal. Me pone a cuatro, sábanas blancas arrugadas. ‘Tu coño está chorreando’, gruñe. Me penetra de un golpe, polla gorda abriéndome. ‘¡Fóllame fuerte, que mi vuelo sale pronto!’, pido. Embiste salvaje, huevos golpeando culo. Sudor, olor a sexo y pis. Cambio: yo encima, cabalgo como loca, tetas botando. ‘Córrete dentro, lléname’. Él obedece, chorros calientes inundan mi útero.
Amanecer gris por ventana. Vuelo en una hora. Me visto rápido, bragas tiradas, coño goteando semen. ‘Adiós, Mike. Ha sido… inolvidable’. Beso rápido. Él: ‘Vuelve a escalar aquí’. Bajo al lobby, maleta en mano. Anuncios: ‘Embarque para México’. Sonrío. Ese secreto quema en mi equipaje de mano. Anonimato perfecto.