Estaba en el aeropuerto de Barajas, joder, con un retraso de tres horas. Vuelo a Barcelona cancelado hasta la mañana. Me arrastré al hotel de al lado, ese cutre con olor a café quemado y desinfectante. La climatización fría me erizaba la piel bajo la blusa. Anuncios de vuelos retumbando: ‘Pasajeros de Vueling 567, puerta 23’. Me pedí un gin-tonic en el bar, sola en una mesa alta.
Lo vi entrar. Alto, barba de tres días, camisa arrugada como si viniera de un mal día. Nuestras miradas chocaron. Él sonrió, yo aparté la vista, pero el corazón me latió fuerte. ‘¿Retraso también?’, preguntó sentándose al lado. ‘Sí, la hostia… hasta mañana’, respondí, voz ronca por el cansancio. Hablamos de tonterías: maletas perdidas, jet lag falso. Su mano rozó la mía al pasarme la aceituna. ‘¿Y si matamos el tiempo juntos? Sin compromisos, solo esta noche’, murmuró, ojos clavados en mis labios.
El cruce de miradas y la decisión impulsiva
Dudé un segundo. La adrenalina del viaje, el anonimato… ‘Vale, pero mi habitación. Cinco minutos’. Subimos en el ascensor silencioso, su aliento caliente en mi cuello. La puerta se cerró con un clic. ‘Joder, qué ganas’, dijo empujándome contra la pared.
Sus labios aplastaron los míos, lengua invasora, manos subiendo mi falda. ‘Estás empapada’, gruñó metiendo dedos en mi tanga. Gemí, mordiéndole el labio. Le arranqué la camisa, pezones duros rozando su pecho. Cayó de rodillas, blusa abierta, y me comió el coño como un lobo. Lengua chupando clítoris, dedos follando adentro, olor a sexo crudo mezclándose con el ambientador del hotel. ‘¡Córrete, puta!’, ordenó, y exploté, piernas temblando, jugos en su barba.
Le bajé los pantalones. Polla dura, gorda, venosa. ‘Mámala’, jadeó. La tragué entera, garganta profunda, saliva chorreando. Él me follaba la boca, manos en mi pelo: ‘Así, zorra, trágatela’. Me levantó, me tiró en la cama. Sábanas blancas impersonales, frías contra mi culo caliente. Me abrió las piernas, polla rozando mi entrada. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’, supliqué.
Follada salvaje con urgencia de escala
Entró de un golpe, coño lleno, estirado. ‘¡Joder, qué apretada!’, rugió embistiendo fuerte. Camas chirriando, cuerpos chocando, sudor pegajoso. Me puse a cuatro, él azotando nalgas: ‘Toma polla, cabrona’. Me follaba como animal, bolas golpeando clítoris. ‘Más duro, rómpeme’, grité. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando, uñas en su pecho. Él pellizcaba pezones, ‘Córrete en mi polla’. Orgasmos dobles, él eyaculando dentro, semen caliente goteando.
No paramos. Me lamió el culo, dedo en ano mientras chupaba coño de nuevo. ‘¿Quieres por detrás?’, preguntó. ‘Sí, métemela, hazme tu puta’. Lubriqué con saliva, polla empujando ano virgen para mí esa noche. Dolor placer, gemí como loca. ‘¡Qué culito!’, folló lento luego bestial. Me corrí anal, él llenándome el culo de leche.
Despertamos enredados, alarma sonando. ‘Tengo vuelo en una hora’, susurré besándolo. ‘Yo a París’. Rápido ducha, su polla dura otra vez. ‘Un rapidito’, dijo penetrándome contra azulejos. Corrida en tetas. Bajamos, café rápido, olor a aviones. ‘Ha sido la hostia’, dijo guiñando. ‘Sin nombres, sin mañana’, respondí sonriendo. Lo vi alejarse, mi vuelo anunciado. Panties mojados en bolso, coño dolorido, recuerdo quemando. Mejor escala de mi vida.