Mi escale ardiente con un desconocido en el hotel del aeropuerto

Estaba en la sala de embarque del aeropuerto de Madrid, vol retrasado tres horas. Lluvia contra los cristales, olor a café quemado del bar de al lado. Anuncios por megafonía: ‘Vuelo a Dakar, puerta 15’. Me pedí un cortado, sentada en la barra, piernas cruzadas, falda corta por el calor pegajoso.

Él apareció de repente. Alto, piel negra brillante, unos 20 años, camiseta ajustada marcando músculos. Béninois, supe después. Ojos que me clavaron, sonrisa ladeada. ‘¿Esperando también?’, dijo con acento suave, sentándose al lado. Hablamos. Viajaba a París por familia, yo a un congreso en Bruselas. ‘Dos horas muertas’, murmuré. Él: ‘Podríamos matarlas juntos’. Adrenalina. Nadie nos conocía. ‘Hay un hotel al lado, cinco minutos’, propuse. Nos miramos, decisión tomada. Caminamos rápido, riendo nerviosos, maletas arrastrando.

El cruce de miradas en la sala de espera

La habitación era impersonal: aire acondicionado zumbando frío, sábanas blancas crujientes, luz tenue. Cerró la puerta, me empujó contra ella. Beso hambriento, lengua invadiendo. Manos por todas partes. ‘Quítate todo’, gruñó. Me arranqué la blusa, sujetador volando. Sus dedos pellizcaron mis pezones duros. ‘Joder, qué tetas’. Bajó los pantalones: polla enorme, venosa, ya tiesa como hierro. La olí, almizcle fuerte, excitante.

Me tiré de rodillas. La chupé ansiosa, saliva goteando. ‘Sí, así, puta’, jadeó él, agarrándome el pelo. Cabeza hacia atrás, garganta llena. Tosí, pero seguí, lengua lamiendo huevos pesados. Me levantó, tiró en la cama. Drapes fríos en la piel caliente. Separó mis muslos: ‘Coño depilado, mojado ya’. Dedos dentro, dos, tres, moviéndose rápido. Gemí alto. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’.

La follada urgente en la habitación fría

Se puso condón –de su bolsillo, listo–. Me puso a cuatro patas, nalgas arriba. Entró de golpe, polla partiéndome. ‘¡Hostia, qué prieta!’, rugió. Golpes brutales, cama chirriando. Pared del hotel fina, oíamos aviones rugiendo fuera. Sudor mezclado, olor a sexo crudo. Me giró, misionero: piernas en hombros, penetrando hondo. Clitó frotando su pubis, orgasmo subiendo. ‘Me vengo, joder’, chillé. Él aceleró: ‘Aguanta, te lleno’. Sacó, quitó condón, leche caliente en mi barriga.

No paramos. Segunda ronda: vaselina del minibar para mi culo. ‘¿Quieres por detrás?’, pregunté, abierta total. ‘Sí, cabrona’. Lentito al principio, dolor placentero, luego salvaje. Polla abriéndome, ano ardiendo. ‘¡Más duro, rómpeme!’, supliqué. Él obedecía, manos en caderas moradas mañana. Gemidos míos, gruñidos suyos. Orgasmo anal, cuerpo temblando. Él explotó dentro, sin condón esta vez, riesgo del momento.

Despertamos sudados, reloj marcando 4 a.m. Mi vuelo en una hora. Ducha rápida, agua caliente lavando fluidos. ‘Ha sido brutal’, dijo besándome cuello. ‘Sin nombres, sin mañana’, respondí. Bajamos, lobby vacío, olor a desinfectante. Adiós en la puerta, mano en mi culo último apretón. Corrí al aeropuerto, piernas flojas, coño palpitando. Anuncio: ‘Embarque Bruselas’. Subí al avión, sonrisa secreta. Ese fuego en mi equipaje de mano, para siempre.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top