Estaba en el bar del aeropuerto de Frankfurt, esperando mi escala a Barcelona. Eran las dos de la mañana, olía a café rancio y a esos bocadillos recalentados. Las altavoces no paraban: ‘Vuelo LH-142 a Madrid, puerta 17’. Yo con mi café solo, sudada del viaje largo, falda corta porque hace calor en el avión. Miré alrededor, aburrida, y ahí estaban ellos. Dos tíos, unos treinta y pico, mochilas al hombro. El moreno, Jack, ojos verdes penetrantes, sonrisa de lobo. El otro, Nico, más bajo, barba de tres días, tipo aventurero. Nuestras miradas se cruzaron. Él, Jack, levantó la copa de cerveza. Sonreí, coqueta. ‘¿Largo viaje?’, preguntó acercándose, acento inglés suave. ‘Demasiado. Escala de cinco horas. ¿Y vosotros?’. Nico se unió: ‘Volamos a Lisboa al amanecer. Pero… eh… ¿qué hacéis despierta?’. Reí. ‘No duermo en aeropuertos. ¿Queréis compañía?’. Sentí la adrenalina. Anónimos totales, sin mañana. ‘Hay un hotel al lado, cinco minutos. Habitaciones por horas’, soltó Jack, guiñando. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, joder. Vamos’. Pagamos cervezas, salimos al frío nocturno, shuttle al hotel cutre pero limpio.
La habitación era impersonal: AC zumbando frío, sábanas blancas almidonadas, olor a desinfectante y humedad. Puerta cerrada, clic. Jack me besó primero, lengua ansiosa, manos en mi culo. ‘Eres preciosa, ¿nombre?’, murmuró. ‘Milena. No hace falta más’. Nico ya se quitaba la camisa, polla medio dura marcando el pantalón. Le bajé la cremallera, la saqué: gruesa, venosa, capullo gordo. ‘Joder, qué polla’, gemí, mamándola honda. Jack me desnudó rápido: sujetador fuera, tetas al aire, pezones duros por el frío. Me tiró en la cama, piernas abiertas. ‘Mira ese coño… depilado, húmedo’. Lamía mi clítoris, dedos dentro, chupando jugos. Yo gemía: ‘Sí, así… no pares’. Nico metió su verga en mi boca, follándome la garganta. Tosí saliva, pero adoraba. ‘Cabrón, qué rica’, gruñó él. Cambiamos: Jack se puso condón, me penetró de un empujón. ‘¡Ah! Lento…’, pero no, follaba fuerte, cama chirriando. Nico detrás, lubricante del minibar, dedo en mi culo. ‘¿Quieres doble?’. ‘Sí, mete esa polla gorda’. Entró despacio, dolor-placer. Gritaba: ‘¡Me partís! Folladme duro’. Ellos embistiendo sincronizados, coño y culo llenos, tetas rebotando. Sudor mezclado, olor a sexo crudo. ‘Voy a correr… dentro no, pero joder…’, Jack se corrió primero, Nico en mi boca, leche caliente tragada. Me corrí temblando, clítoris frotado.
El cruce de miradas en la sala de espera
No paramos. Segunda ronda: yo encima de Jack, cabalgando su polla tiesa otra vez, Nico de pie, mamándosela mientras. ‘Tres horas nada más, volamos pronto’, jadeaba Jack. ‘Pues aprovéchalo, fóllame el culo ahora’. Me puse a cuatro, él en ano, Nico en coño. Doble de nuevo, brutal. ‘¡Qué puta eres!’, reían. Gemí orgasmos, uñas en sábanas. Besos sucios, mordiscos. Al final, exhaustos, cuerpos pegajosos.
A las cinco, alarma. Ducha rápida, fría. ‘Ha sido… inolvidable’, dijo Jack, besándome. Nico: ‘Vuelve a Frankfurt, guapa’. Reí: ‘Quizá’. Abrazos rápidos, números no. Shuttle de vuelta, mi vuelo anunciado. Sentada en el avión, coño dolorido, sonrisa pícara. Ese secreto en mi equipaje de mano, quemándome. Adiós, anónimos. Hasta la próxima escala.