Escala ardiente en el hotel del aeropuerto: mi follada salvaje con un desconocido

Estaba en el aeropuerto de Túnez, escale de cuatro horas antes de mi vuelo a Madrid. El olor a café quemado del bar se mezclaba con el zumbido de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo EK 745 a Dubái, puerta 12’. Me senté en la barra, con mi maleta a los pies, sudando por la clim fría que me erizaba la piel. Llevaba un vestido ligero, negro, que se pegaba a mis curvas. Tenía ganas de algo salvaje, de esa libertad que da saber que en unas horas todo acaba.

Él apareció de repente. Traje negro brillante, camisa blanca, manos largas cruzadas sobre el vientre. Sin gafas de sol esta vez, rostro suave, mejillas llenas. Pidió un zumo de naranja y una cigarette. Me miró, ojos oscuros, y sonrió. ‘¿Española?’, dijo con acento suave. Asentí, nerviosa. ‘Sí, escale eterna. Tú… ¿tunecino?’. ‘Import-export, siempre volando’. Fumamos juntas, el humo flotando entre nosotros. Las pantallas parpadeaban con retrasos de vuelos. Sentí su mirada bajando por mis piernas. ‘¿Hotel cerca?’, preguntó. Dudé un segundo. ‘Sí, el del aeropuerto. Habitación hasta las seis’. Él se acercó. ‘¿Compartimos las horas? Sin nombres, sin mañana’. Mi coño se mojó al instante. ‘Vale, vamos’. Agarré mi maleta, él la suya pequeña, y salimos al shuttle.

La espera y el primer contacto en el bar

La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, clim zumbando, olor a desinfectante. Cerró la puerta y me besó con hambre. Sus labios carnosos, lengua invadiendo mi boca. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le quité la camisa, manos en su pecho suave. Él bajó mi vestido, pechos libres, pezones duros. ‘Qué tetas tan ricas’, dijo, chupándolos fuerte. Gemí, arqueándome. Le bajé los pantalones: polla gruesa, tiesa, venosa. ‘Mámamela’, ordenó. Me arrodillé, la metí en la boca, chupando profundo, lengua en el glande. Él jadeaba, manos en mi pelo. ‘Sí, así, puta buena’. Me levantó, me tiró en la cama. Abrió mis piernas: ‘Mira este coño mojado’. Lamía mi clítoris, dedos dentro, follando lento. ‘¡Ah, joder! Más rápido’, supliqué.

No aguanté. ‘Fóllame ya’. Se puso encima, polla empujando mi entrada. Entró de un golpe, llenándome. ‘¡Qué apretado tu coño!’, gruñó. Embestía fuerte, cama chirriando, sudor goteando. Yo clavaba uñas en su espalda, ‘Más duro, cabrón’. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando. Él pellizcaba mis pezones, ‘Córrete, zorra’. Explosé, coño contrayéndose, chorros calientes. Él flipó, ‘Ahora mi turno’. Me puso a cuatro, polla en mi culo un segundo –’No, espera’– pero volvió al coño, follando brutal. ‘Me corro dentro’, avisó. Eyaculó fuerte, semen caliente llenándome. Colapsamos, respirando agitados. ‘Increíble’, susurró, besando mi cuello.

La pasión urgente en la habitación

Pero no paramos. Me hizo una mamada inversa: yo sentada en su cara, él lamiendo mi coño lleno de corrida. Luego, de lado, polla otra vez dura, penetrándome lento. ‘Cuéntame algo tuyo’, dijo entre gemidos. ‘Nada, solo placer’, respondí, moviéndome. Aceleramos, orgasmo doble, él llenándome de nuevo. Ducha rápida: jabón resbalando, dedos en mi culo, pero sin más. Secos, follamos suave en la cama, yo encima, sus manos en mis nalgas. ‘Adiós en unas horas’, recordé. Él asintió, ‘Mejor así’.

A las cinco, alarma. ‘Vuelo en una hora’. Nos vestimos rápido. Beso final en la puerta, su mano en mi culo. ‘Guarda el recuerdo, española’. Bajé al lobby, olor a café otra vez, anuncios: ‘Vuelo IB 3461 a Madrid, embarque ya’. En el avión, coño dolorido, sonrisa pícara. Ese desconocido, su polla, el semen secándose en mis bragas. Mejor equipaje de mano ever.

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