Estaba en escale en Frankfurt, vuelo retrasado tres horas. El olor a café quemado del bar del aeropuerto me tenía harta, mezclado con el zumbido de las anuncios de vuelos. ‘Última llamada para Madrid’, decían por los altavoces. Me senté en un taburete alto, con mi falda negra ajustada y blusa blanca que se pegaba un poco por el sudor. Pelo negro suelto, piel morena brillando bajo las luces frías. Tenía ganas de algo loco, ese anonimato de los viajes me pone a mil.
Lo vi entrar. Alto, como un metro ochenta y cinco, moreno con ojos grises, traje arrugado de ejecutivo. Se sentó a mi lado, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí primero, él dudó un segundo. ‘¿Española?’, me preguntó en inglés con acento alemán. ‘Sí, de Madrid. ¿Y tú?’. ‘Pete, de aquí cerca. Vuelo a Berlín mañana’. Charla tonta sobre vuelos, pero sus ojos bajaban a mis tetas, al borde de la falda. Sentí el cosquilleo. ‘¿Hotel cerca?’, le solté. Él parpadeó. ‘Sí, a dos minutos. ¿Quieres… una copa allí?’. El corazón me latía fuerte. ‘Venga, tengo poco tiempo’. Nos levantamos, su mano rozó mi culo al salir. Adrenalina pura, sabiendo que en horas me iba.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
Llegamos al hotel, recepción vacía, olor a desinfectante y clim fuerte que me erizó la piel. Subimos a su habitación, piso impersonal, cama con sábanas blancas crujientes. Cerró la puerta y me besó ya, urgente. Sus labios duros, lengua metiéndose sin pedir. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le quité la camisa, sus manos bajaron mi cremallera. La falda cayó, quedé en tanga negra y sujetador push-up. Él gruñó, me empujó a la cama. El colchón frío contra mi espalda caliente. ‘Quítate todo’, le dije, voz ronca. Se desnudó rápido, polla dura saltando, gruesa, venosa. Me la tragué entera, chupando con saliva goteando, bolas en mi mano. ‘Dios, qué boca’, jadeó él, agarrándome el pelo.
Follada salvaje con urgencia de escale
Me puso a cuatro patas, sábanas arrugándose bajo mis rodillas. Lamía mi coño desde atrás, lengua hurgando el clítoris, dedos abriendo labios hinchados. ‘Estás empapada, puta cachonda’, dijo riendo. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’, supliqué, arqueando la espalda. Entró de un empujón, polla rellenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el clim zumbando como fondo a mis gritos. Me taladraba salvaje, cachetazos en el culo rojo, tetas balanceándose. ‘Más fuerte, joder, rómpeme el coño’. Sudor goteando, olor a sexo invadiendo la habitación. Me volteó, piernas sobre sus hombros, penetrando profundo, rozando el cervix. Orgasmo me pilló gritando, coño contrayéndose, chorros mojando sus huevos. Él no paró, folló como animal. ‘Me corro dentro’, avisó. ‘Sí, lléname de leche’. Eyaculó caliente, chorros pegajosos inundándome.
Quedamos jadeando, diez minutos máximo. ‘Vuelo en una hora’, dije incorporándome. Se duchó rápido, yo me limpié con toallitas del baño, coño goteando aún su semen. Beso rápido en la puerta, ‘Adiós, Pete. Buen recuerdo’. Caminé al aeropuerto, piernas flojas, anuncios de vuelos retumbando. Subí al avión con su corrida secándose en mis bragas, sonrisa pícara. Ese polvo anónimo, pura adrenalina de escale, lo llevo en mi maleta de mano para siempre.