Estaba en Barajas, escala eterna por un vuelo retrasado. El olor a café quemado del bar del aeropuerto me tenía harta. Me senté en un taburete alto, con mi copa de vino tinto, mirando el panel de salidas. Anuncios de vuelos en bucle: ‘Atención, vuelo a Barcelona…’. Sudor frío por la clim, falda pegada a las piernas. Entonces lo vi. Alto, moreno, traje arrugado de tanto viajar. Ojos que me clavaron. Se acercó, cerveza en mano.
—Hola… ¿esperando también? —dijo, voz grave, sonrisa ladeada.
La Mirada que lo Cambió Todo
—Sip, cuatro horas muertas. ¿Y tú?
—Escale a París. Nada que hacer. Soy Javier, por cierto.
—Lucía. ¿Quieres… compañía?
Hablamos de tonterías: aviones, jet lag, ciudades folladas. Pero el aire cargado de tensión. Sus manos grandes rozando la barra. Mi coño ya palpitaba. ‘¿Y si…?’ pensé. El anonimato del viaje, esa adrenalina de ‘mañana ni nos acordamos’. Le propuse ir al hotel al lado. Él dudó un segundo.
—¿En serio? Eh… vale, vamos.
Pagamos y salimos. El shuttle gratis nos dejó en el hotel cutre cerca del aeropuerto. Recepción impersonal, llaves magnéticas. Subimos a su habitación, piso 3. Clim helada, olor a desinfectante. Draps blancos impolutos, cama king size. Cerró la puerta y ya estaba.
La Despedida con Sabor a Más
Me empujó contra la pared, boca hambrienta en mi cuello. Manos subiendo mi falda, arrancando las bragas. ‘Joder, qué mojada’, murmuró. Yo le desabroché el pantalón, polla dura saltando libre. Gruesa, venosa, cabezota hinchada. La chupé ahí mismo, de rodillas en la moqueta áspera. Lengua alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta. Él gimiendo, manos en mi pelo: ‘Así, puta, trágatela toda’.
Me levantó como un trapo, tirándome en la cama. Draps fríos contra mi piel caliente. Me abrió las piernas, coño expuesto, labios hinchados. Me miró: ‘Qué choño más rico’. Lengua dentro, lamiendo clítoris, dedos metiéndose. Gemí fuerte, arqueándome. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’, le rogué. Se puso un condón rápido, polla tiesa apuntando. Entró de un empujón, llenándome entera. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó. Embestidas brutales, cama crujiendo, cabecero golpeteando la pared.
Cambié de posición, a cuatro patas. Él atrás, azotándome el culo rojo. Polla entrando y saliendo, bolas chocando contra mi clítoris. Sudor goteando, olor a sexo crudo. ‘Más fuerte, rómpeme’, jadeé. Me agarró las tetas, pellizcando pezones duros. Orgasmos en cadena: el mío primero, coño contrayéndose, chorros mojando los draps. Él no paró, follándome como animal. ‘Me corro, leche dentro’, avisó. Se vació, temblando, polla pulsando.
Caímos exhaustos, respirando agitado. Miré el reloj: dos horas voladas. Ducha rápida juntos, jabón resbalando por cuerpos. Agua caliente, besos lentos. ‘Ha sido… increíble’, dijo secándose.
—Sin nombres reales, sin números. Solo esto.
Bajamos, shuttle de vuelta. En la terminal, último beso robado. Su vuelo primero. Lo vi irse por seguridad. El mío embarcando pronto. Me senté en mi asiento, coño dolorido, sonrisa pícara. Anuncio: ‘Vuelo a Barcelona, puerta 15’. Despegamos, ese recuerdo quemándome entre las piernas. Mañana, vida normal. Hoy, zorra de aeropuerto.