Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto: un polvo inolvidable

Estaba en Barajas, septiembre, vuelo a Barcelona retrasado por niebla. Llevaba horas muerta de aburrimiento en esa sala aséptica, con el zumbido constante de las anuncios: ‘Señor pasajero de Vueling 747, su vuelo se retrasa hasta las 6 AM’. Olía a café quemado de la máquina expendedora, mezclado con desinfectante. Decidí ir al hotel shuttle, gratis para escalas largas. Llegué al lobby, climatización helada que me erizaba la piel bajo el vestido ligero.

Me senté en la barra del bar del hotel, pedí un gin-tonic. Él estaba ahí, un tipo alto, unos 40, con ojos cansados pero intensos. Parecía un ejecutivo perdido, maleta a los pies. Nuestras miradas se cruzaron… uf, esa chispa. Me sonrió, yo bajé la vista, nerviosa. ‘¿Española?’, preguntó con acento francés. ‘Sí, de Madrid, volando a casa. ¿Y tú?’. ‘Alain, de París, conexión a Nueva York mañana’. Hablamos de tonterías: el retraso, el jet lag. Pero el aire cargado, la idea de que nos iríamos en horas, me ponía cachonda. ‘¿Subimos? Mi habitación es impersonal, perfecta para olvidar nombres’, solté, riendo. Dudó un segundo, ‘Vale, por qué no. Solo unas horas’. Corazón latiendo fuerte, subimos en el ascensor silencioso.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

La puerta se cerró, y ya. Me empujó contra la pared, beso salvaje, lenguas enredadas, sabor a gin y su saliva. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le arranqué la camisa, él mi vestido. Caímos en la cama, sábanas blancas crujientes, olor a lejía nueva. Climatizador zumbando, luces tenues del aeropuerto filtrándose por la cortina. Me abrió las piernas, ‘Qué coño tan bonito, depiladito’. Lamía mi clítoris, chupando fuerte, yo gimiendo, ‘¡Sí, así, no pares!’. Dedos dentro, dos, tres, me follaba con la mano, jugos chorreando.

El polvo urgente antes del amanecer

No aguanté, le bajé los pantalones. Polla dura, gruesa, venosa. ‘Métemela ya’, supliqué. Se puso condón rápido, me penetró de un empujón, ‘¡Hostia, qué prieta!’. Follando brutal, embestidas profundas, cama chirriando. Yo encima, cabalgando, tetas botando, ‘¡Más fuerte, rómpeme el coño!’. Él de lado, pellizcando pezones, mordiendo cuello. Cambiamos, perrito: nalgas abiertas, polla entrando hasta el fondo, cachetazos en el culo. ‘Me corro’, jadeó. ‘Dentro, lléname’. Gemí alto cuando explotó, yo me vine segundos después, temblores, sudor pegajoso.

Agotados, abrazados, piel sudada contra sábanas frías. ‘Eres increíble’, susurró. Yo: ‘Tú también, pero sin mañana’. Alarmas de vuelos lejanas. Al alba, ducha rápida, jabón neutro. Nos vestimos, beso último, salado. ‘Adiós, desconocido’. Bajé al lobby, shuttle al aeropuerto, coño palpitante aún, su semen fantasma en mí. Volé con ese recuerdo ardiente en el equipaje de mano, sonrisa pícara. Mañana, solo un sueño húmedo más.

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