Estaba en escala en LAX, Madrid-Los Ángeles-México. Fatigada, pero con esa adrenalina del viaje que me pone cachonda. Me metí en el hotel del aeropuerto, uno de esos impersonales con vistas a las pistas. El olor a café quemado del lobby me golpeó, mezclado con el zumbido de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo 456 a Nueva York, puerta 23’… Mi habitación era fría, la clim ronroneando, sábanas blancas crujientes que olían a detergente barato.
Me duché rápido, me puse un vestido ligero, sin bragas, y bajé al bar. Quería un gin-tonic para relajar. Ahí la vi. Una tía impresionante, piel ébano brillante, pelo trenzado tirante, ojos en forma de almendra con un brillo ámbar que clavaba. Vestía un top ajustado que marcaba tetas firmes y unos shorts que dejaban ver piernas largas, musculosas, de runner. Llevaba un collar ancho de cobre y zapatillas deportivas. Estaba sola, removiendo su copa, mirando alrededor.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
Nuestras miradas se cruzaron. Ella sonrió, leve, como sabiendo. Yo dudé… ¿me acerco? Sí, joder. Me senté al lado. ‘Hola, ¿escala larga?’, le dije en inglés con mi acento español. Se llamaba Sara, de LA, volando a San Francisco al amanecer. ‘Yo salgo en unas horas’, mentí un poco, tenía tiempo. Hablamos de viajes, de lo liberador que es follar sin compromisos en sitios así. Su voz grave, con acento californiano, me erizaba la piel. Tocó mi brazo, ‘¿Subimos? No tenemos mucho tiempo’. El corazón me latía fuerte. ‘Vamos’. Pagamos y subimos, el pasillo oliendo a moqueta vieja.
En la habitación, la puerta ni cerró del todo y ya nos besábamos como locas. Sus labios carnosos, lengua invasora, sabor a vino blanco. La empujé contra la pared, la clim helada contrastando con nuestro calor. Le subí el top, tetas perfectas, pezones oscuros duros. Las chupé, mordí suave. ‘Joder, qué rica’, gemí. Ella me quitó el vestido, manos fuertes en mi culo. ‘Estás mojada ya, puta’. Sí, coño empapado. Me tiró en la cama, sábanas frías bajo mi espalda. Se quitó los shorts, sin bragas, coño negro con labios gruesos hinchados.
El polvo brutal en la habitación con prisas
Se puso encima, 69 urgente. Lamí su clítoris salado, hinchado, mientras ella me comía el mío, lengua experta girando. ‘¡Sí, así, cabrona!’, grité. Dedos suyos en mi coño, dos, tres, follando rápido. Yo metí uno en su culo apretado, resbaloso de su propia leche. Gemía fuerte, ‘¡Más profundo!’. Cambiamos, ella a cuatro patas. Le abrí las nalgas, lamí ano y coño, alternando. ‘Fóllame con la lengua’. La penetré con dos dedos en el coño, pulgar en culo, masturbándola furiosa. Ella se corrió primero, temblando, chorro caliente en mi mano. ‘¡Me vengo, joder!’. Yo no aguanté, orgasmo brutal, piernas flojas.
Pero queríamos más. Sacó un vibrador pequeño de su bolso –’siempre llevo’. Me lo metió, encendido, mientras me lamía las tetas. Yo la cabalgué, frotando mi clítoris en su muslo duro. ‘Córrete conmigo’, jadeó. Vinimos juntas, gritando, sudadas, el aire cargado de olor a sexo. Polvo corto, intenso, sin filtros. Sudor, saliva, jugos por todas partes.
Al alba, anuncios de vuelos otra vez. Nos duchamos rápido, besos salados. ‘Ha sido brutal’, dijo ella, vistiéndose. ‘Sin mañana, solo recuerdo’. Yo asentí, sonrisa pícara. Bajamos, café rápido, olor penetrante. Se fue a su puerta, yo a la mía. En el avión, con el coño aún palpitando, sonreí. Ese polvo anónimo, en sábanas blancas frías, es mi mejor bagaje.