Estaba en Barajas, vuelo a Barcelona retrasado tres horas. Eh… el olor a café quemado del Starbucks me tenía mareada, y esas voces mecánicas anunciando vuelos por los altavoces. Me senté en el bar de la zona de tránsito, con mi maleta a los pies. Vestida con falda corta, blusa ajustada, lista para el viaje. Entonces lo vi. Alto, moreno, ojos negros como pozos. Me miró fijo, desde la barra. Sonrió de lado. Mi coño dio un pinchazo.
Me acerqué, pedí un gin-tonic. ‘¿Vuelo retrasado también?’, dijo con voz grave, acento italiano. ‘Sí, joder, tres horas perdidas’, respondí, riendo nerviosa. Hablamos. Se llamaba Marco, de Milán, escala larga. ‘Tenemos tiempo para… no sé, matar el rato’, murmuró, rozando mi mano. Sentí la adrenalina. Anonimato total, nos iríamos en horas. ‘Hay un hotel al lado del aeropuerto. ¿Vienes?’, propuse yo, el corazón latiendo fuerte. Asintió. Pagamos y salimos.
La mirada que lo cambió todo en la sala de embarque
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado que erizaba la piel, zumbido lejano de aviones. Cerró la puerta y me empujó contra ella. ‘A cuatro patas, puta’, ordenó, voz ronca. Me arrodillé en la alfombra áspera, falda subida. Sus manos calientes en mi culo, cachetazo seco. ‘¡Ay!’, gemí, pero mi coño chorreaba. ‘Quítate todo’, gruñó. Me desvestí rápido: blusa volando, sujetador, bragas empapadas. Desnuda, tetas colgando, pezones duros por el frío.
Se sacó la polla, gorda, venosa, ya tiesa. ‘Chúpala’. Me metí de rodillas, boca abierta. Olía a hombre, a sudor limpio. Lamí el glande salado, tragué hasta la garganta. ‘Joder, qué buena boca’, jadeó, agarrándome el pelo. Me follaba la cara, babas cayendo. Tosí, pero seguí, mamando fuerte, huevos peludos en mi barbilla. ‘Para’, dijo. Me tiró en la cama, piernas abiertas. ‘Mira cómo te has puesto el coño, cerda’. Metió dos dedos, chapoteando. ‘¡Fóllame ya!’, supliqué.
El polvo urgente y el adiós ardiente
Me puso a cuatro patas, polla rozando mi culo. Escupió en mi ano, empujó. ‘¡No, espera!’, pero entró despacio, quemando. ‘Relájate, zorra’. Me folló el culo crudo, lento al principio, luego brutal. Paff, paff, contra mis nalgas rojas. Sudor goteando, sábanas pegajosas. ‘¡Más fuerte!’, grité. Me dio la vuelta, polla en mi coño ahora, embistiéndome como animal. Tetetazos rebotando, uñas en su espalda. ‘Me corro’, avisó. ‘Dentro, lléname’. Eyaculó caliente, chorros profundos. Yo exploté, coño contrayéndose, gritando su nombre.
Pero no paró. Sacó un plug del bolsillo –negro, grueso–. ‘Esto para tu culo mientras me chupas otra vez’. Lo metí yo misma, vibrando dentro. Le mamé la polla sucia de nuestros jugos, limpia y dura de nuevo. Me folló misionero, plug presionando, doble placer. Orgasmo tras orgasmo, piernas temblando. ‘Tenemos poco tiempo’, jadeó, mirando el reloj. Clímax final: él en mi boca, tragué todo, salado y espeso.
A las cinco de la mañana, ducha rápida, olores mezclados en mi piel. ‘Ha sido… inolvidable’, dijo, besándome. Bajamos al aeropuerto, su vuelo primero. Anuncios retumbando. Me abrazó: ‘Vuelve a Milán algún día’. Sonreí, coño dolorido y feliz. Subí al avión, maleta con ese secreto ardiente. Ningún mañana, puro vicio de viaje.