Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba sentada en el bar del aeropuerto, con mi café humeante en la mano. El aroma fuerte, casi quemado, se mezclaba con el aire acondicionado que me erizaba la piel. Anuncios por megafonía: ‘Vuelo EK-247 a Dubái, puerta 12’. Mi conexión a Madrid en tres horas. Me encanta esta mierda, el anonimato de los viajes. Nadie te conoce, nadie te juzga. Solo tú, tu cuerpo y la libertad de unas horas.

Lo vi entrar. Alto, moreno, con barba de tres días y ojos oscuros que escanean el lugar como un depredador. Camisa ajustada, vaqueros gastados. Nuestras miradas chocan. Él sonríe, leve, pícaro. Me quedo quieta, pero mi coño ya palpita. Se acerca al mostrador, pide una cerveza. Yo… ¿qué coño? Levanto la copa, saludo con la cabeza. Él se gira, se acerca.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

—Hola. ¿Escale larga? —dice, voz grave, con acento italiano.

—Demasiado. Tú también, ¿no? —respondo, cruzando las piernas para disimular el calor.

Hablamos. Se llama Luca, va a Roma. Dos horas de charla: viajes, aventuras, risas. Sus manos grandes gesticulan, rozan la mesa cerca de las mías. El bar se vacía un poco. Otro anuncio: ‘Última llamada para París’. Siento la urgencia. ¿Y si…? Él lo nota.

—¿Hotel cerca? El del aeropuerto, cinco minutos. —Sus ojos brillan.

Dudo un segundo. Joder, sí. —Vamos.

Pagamos, salimos. El shuttle nos lleva. Noche húmeda, luces de pista parpadeando. Mi corazón late fuerte. Adrenalina pura, como si fuéramos ladrones huyendo.

La habitación es impersonal: sábanas blancas crujientes, olor a limpio industrial, clim a tope que nos pone la piel de gallina. Puerta cierra con clic. Nos miramos. Él me empuja contra la pared, labios en mi cuello. Manos por todas partes. Le arranco la camisa, siento sus músculos duros.

—Joder, qué ganas —murmura, mordiendo mi oreja.

Yo bajo la cremallera. Su polla salta, gruesa, venosa, ya dura como piedra. La agarro, la aprieto. Él gime. La chupo rápido, lengua alrededor del glande, saliva chorreando. Sabe salado, a hombre. Él me agarra el pelo: —Sí, así, puta…

La follada salvaje en la habitación fría

Me pone de rodillas en la alfombra áspera. Me folla la boca, profundo, hasta la garganta. Lágrimas, pero me encanta. Luego me levanta, tira del vestido. Sin bragas, mi coño depilado brilla mojado. Dedos dentro, dos, tres. Chapoteo obsceno.

—Estás chorreando —ríe, voz ronca.

Me tira en la cama. Sábanas frías contra mi espalda caliente. Piernas abiertas. Su polla entra de un empujón, hasta el fondo. Grito. Duele rico. Empieza a bombear, fuerte, rápido. Camas chirría. Golpes de cadera contra cadera, sudor goteando.

—Córrete dentro —le digo, uñas en su espalda.

Cambiamos. Yo encima, cabalgo como loca. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Reboto, polla rozando mi punto G. Gemidos míos, suyos. Otro anuncio lejano por la ventana entreabierta: ‘Embarque para Madrid’. Urgencia nos enciende más.

Doggy contra el cristal. Luces de aviones, riesgo de que nos vean. Me folla brutal, mano en mi clítoris. Me corro primero, coño apretando, jugos bajando por muslos. Él gruñe, se corre dentro, chorros calientes llenándome.

Caemos exhaustos. Sudor, semen escurriendo. Respiramos pesado. Minutos. Él se ducha rápido. Yo me visto, coño palpitando, piernas temblando.

—Ha sido… inolvidable —dice, beso rápido.

—Sin mañana. Adiós.

Bajo sola. Shuttle de vuelta. Anuncio: ‘Madrid, puerta 15, ahora’. Corro, sonrisa tonta. En el avión, el recuerdo quema en mi equipaje de mano. Ese coño lleno de él, esa noche fugaz. Mañana, vida normal. Pero esto… esto me hace viva.

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