Mi noche salvaje con el extraño del hotel del aeropuerto

Estaba en el bar del hotel cerca del aeropuerto de Madrid, esperando mi vuelo de conexión a Barcelona. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para el vuelo a París’. Sudor frío por el aire acondicionado. Yo, con mis vaqueros ajustados y camiseta escotada, pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Entonces lo vi. Alto, flaco como un palo, pero con una fuerza que se notaba en cada gesto lento. Moustache y barbas grises, pelo largo hasta los hombros bajo un sombrero de cuero viejo. Abrigo largo oscuro, botas altas negras relucientes. Se sentó en un taburete pesado y lo movió como si nada, con dos dedos. Pidió un vaso grande de agua hirviendo. Sacó un saquito de tela de su bolsillo y lo metió dentro. ‘Mi medicina’, murmuró con voz grave, ojos claros fijos en el vapor. Olía a hierbas raras, fuerte, casi peligroso.

Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, leve, pensativo. Yo sentí un cosquilleo. ‘¿Escale larga?’, preguntó. ‘Sí, hasta mañana’, dije, mordiéndome el labio. Hablamos poco. Él, sin nombre, solo ‘viajero’. Venía de quién sabe dónde, con una funda larga de cuero al hombro, sin maletas. Contó de hierbas que curan el corazón, de tiempos pasados. Su presencia me ponía caliente, esa aura misteriosa. ‘¿Y tú?’, dijo. ‘Cansada de vuelos, buscando algo… rápido’. Reí nerviosa. El bar se vaciaba, luces tenues. ‘Mi habitación está arriba. Poca gente, anónimos. ¿Vienes?’. Dudó un segundo, ojos brillando. ‘Sí. Sin mañana’. Subimos, corazón latiendo fuerte.

El cruce de miradas en el bar

La puerta se cerró con clic. Aire frío de la clim, sábanas blancas impolutas oliendo a detergente barato. Me empujó contra la pared, suave pero firme. Sus manos largas bajaron mi camiseta, chupando mis tetas duras. ‘Joder, qué ricas’, gruñó. Yo le arranqué el abrigo, sintiendo músculos duros bajo la camisa blanca. Le bajé los pantalones negros: polla enorme, venosa, tiesa como una barra. ‘Métemela ya’, jadeé. Me tiró en la cama, falda arriba, bragas a un lado. Lamía mi coño mojado, lengua experta, chupando clítoris hasta que grité. ‘Estás empapada, puta de aeropuerto’. Entró de golpe, polla gruesa abriéndome, dolor-placer brutal. Follando duro, cama crujiendo, sudor mezclándose con su olor a cuero y hierbas. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando, él apretando mi culo. ‘Más fuerte, cabrón’. Me dio la vuelta, a cuatro patas, embistiéndome como animal, bolas golpeando. Dedos en mi ano, ‘Te follo el culo si quieres’. ‘Sí, joder, todo’. Me penetró atrás, lento al principio, luego salvaje, gritando. Orgasmo tras orgasmo, semen caliente llenándome. Sudados, exhaustos, pero él no paró: me comió el coño lleno de su leche, luego otra follada misionero, besos ásperos.

Amaneció con anuncios de vuelos en el pasillo. Él se vistió primero, botas crujiendo. ‘Gracias por la noche’, dijo, ojos claros suaves. Yo, piernas temblando, desnuda en sábanas revueltas. ‘Sin nombres, sin más’. Beso rápido, salió con su funda. Mi vuelo en una hora. Ducha rápida, olor a sexo pegado a la piel. En el avión, recuerdo su polla dura, el polvo urgente, esa adrenalina de extraños. Mejor equipaje de mano: un secreto ardiente que me hace mojar solo de pensarlo.

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