Estaba en escala en Barajas, Madrid. Mi vuelo a Barcelona salía al amanecer. Cansada, me metí en el hotel del aeropuerto. El bar olía a café quemado y croissants rancios. Anuncios de vuelos retumbaban: ‘Última llamada para Nueva York’. Me pedí un gin-tonic, sentada en la barra. Él apareció. Alto, moreno, ojos que taladraban. Traje arrugado, maleta a mano. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió. Yo dudé, mordí el labio. ‘¿Escale también?’, preguntó con acento italiano. ‘Sí, unas horas libres’, respondí, voz ronca. Charlamos. Se llamaba Marco. Volaba a Roma. ‘El anonimato de los aeropuertos… pura adrenalina’, dijo. Sentí el cosquilleo. ‘¿Y si compartimos esas horas? Sin compromisos, solo placer’, propuse, corazón latiendo fuerte. Él tragó saliva. ‘Vamos a mi habitación’. Pagamos y subimos. El ascensor zumbaba, su mano rozó mi culo. Puertas del hotel pitaban con tarjetas. Clim fría nos recibió.
Entramos. Draps blancos impolutos, olor a desinfectante y sexo por venir. Me empujó contra la pared. ‘Quiero follarte ya’, gruñó. Le besé con hambre, lenguas enredadas, saliva caliente. Le arranqué la camisa, pezones duros bajo mis uñas. Bajé la cremallera: polla tiesa, gorda, venosa. ‘Joder, qué pedazo de verga’, gemí. Me arrodillé, la chupé. Boca llena, lengua lamiendo el glande salado. Él jadeaba: ‘Sí, cabrona, trágatela toda’. Me folló la boca, empujones profundos, hasta la garganta. Lágrimas, pero excitada perdida. Me levantó, tiró en la cama. Clim helada erizaba piel. Le quité el resto: coño mojado, labios hinchados. ‘Come mi coño’, ordené. Lengua experta, lamiendo clítoris, dedos dentro, curvados en mi punto G. ‘¡Me corro! ¡Joder!’, grité, jugos en su cara.
El cruce de miradas en el bar
No paramos. Urgencia: vuelos pronto. Me puso a cuatro patas. ‘Te voy a partir el coño’, dijo. Polla entró de golpe, dura como hierro. ‘¡Más fuerte, fóllame como puta!’, supliqué. Embestidas brutales, huevos golpeando mi culo. Sudor goteaba, cama crujía. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando. ‘Mira cómo te ordeño la leche’, jadeé. Él pellizcaba pezones. Luego, contra la ventana: cristal frío en tetas, polla de pie. ‘Que nos vean’, murmuró. Me penetró anal, lubricado con mis jugos. ‘¡Tu culo es mío!’, rugió. Dolor-placer, gemí alto. Anuncios de vuelos lejanos: ‘Embarque para Roma’. Se corrió dentro, semen caliente llenándome. Yo exploté, coño contrayéndose, chorro salpicando.
A la alba, ducha rápida. Agua caliente lavaba pecados. ‘Ha sido… inolvidable’, dijo, besándome cuello. Vestí, maleta lista. ‘Sin números, sin nombres reales’, sonreí. Último beso, sabor a sexo. Salí al pasillo, clim aún fría. Mi vuelo llamaba. En el avión, coño palpitante, recuerdo ardiente en mi bagage a mano. Adrenalina pura, sin mañana. Solo placer fugaz.