Mi escale fogosa en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. Cansada del viaje, me senté en el bar, con el zumbido de las anuncios de vuelos de fondo. ‘Vuelo AZ-456 a Roma, puerta 12’. Olía a café quemado y a esos sándwiches recalentados. Pedí un gin-tonic, fuerte, para matar el tiempo. Ahí lo vi. Alto, moreno, con pinta de piloto o algo así, ojos intensos. Sudáfricano, por el acento cuando pidió su cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él devolvió. ‘¿Escale eterna, eh?’, dijo acercándose. ‘Peor que eterna, solo unas horas’, respondí, riendo bajito. Hablamos. Se llamaba John, volvía de un congreso en Lisboa. Soltero, ojos que devoraban. El alcohol subía, y algo más. Pidió unos shots raros, de una botella que sacó de su mochila. ‘Prueba esto, es de un sitio exótico, te despierta’. Lo bebí. Dulce, salado, con un fuego raro en la garganta. De repente, calor en el vientre. Sus manos rozaron las mías. ‘Mi hotel está al lado, cinco minutos. Sin compromisos, solo esta noche’. Dudé un segundo, el anuncio de mi vuelo aún lejano. ‘Vale, joder, vamos’. Corrimos bajo la lluvia fina, riendo como locos.

La habitación era impersonal, típica de aeropuerto: cama con sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío contra nuestro calor. Olía a limpio y a su colonia fuerte, animal. Cerró la puerta y me besó con hambre, lengua invasora. ‘Quítate todo’, gruñó. Me arranqué la blusa, él los pantalones. Su polla saltó dura, gruesa, venosa, apuntando al techo. ‘Joder, qué pedazo’, murmuré tocándola. Caliente, palpitante. Me tiró en la cama, los muelles chirriaron. Lamí su cuello salado, bajé a pezones duros. Él me abrió las piernas, dedos en mi coño ya empapado. ‘Estás chorreando, puta’. Gemí, arqueándome. Me comió el clítoris, lengua rápida, chupando fuerte. ‘¡Sí, así, no pares!’. El clim frío erizaba mi piel, sus manos calientes contrastaban. Me puse a cuatro, culo en pompa. ‘Fóllame ya’. Entró de un empujón, polla llenándome entera. ‘¡Qué apretado tu coño!’, jadeó embistiendo. Ritmo brutal, piel contra piel, sudor mezclándose. ‘Más fuerte, cabrón’. Me giró, piernas sobre hombros, penetrando hondo. Orgasmo me sacudió, grité, uñas en su espalda. Él no paraba, sacó, me puso de rodillas. ‘Chupa’. Abrí boca, tragué su verga salada de mis jugos. Golpes en garganta, babeando. ‘Me voy a correr’. Tragué todo, espeso, caliente. Pero no acabó. Me untó saliva en el culo. ‘Ahora por aquí’. Dudé, excitada. ‘Despacio al principio’. Entró lento, estirándome. Dolor placer mezclado. ‘¡Qué culo tan rico!’. Follando anal, mano en mi clítoris. Otro orgasmo, temblando. Él rugió, llenándome el ojete de leche. Caímos exhaustos, respirando agitado, el anuncio lejano en la tele: ‘Última llamada para vuelo a Barcelona’.

El cruce de miradas en la sala de espera

Amaneció gris, avión en una hora. Nos duchamos rápido, agua caliente lavando sudor y semen. ‘Ha sido brutal’, dijo besándome suave. ‘Sin nombres completos, sin números’. Sonreí, vistiéndome. ‘El mejor recuerdo de viaje’. Bajamos, check-out express. En la puerta del aeropuerto, último beso robado. ‘Buen vuelo’. Corrí a embarque, coño y culo ardiendo aún, su sabor en boca. Sentada en el avión, sonrisa pícara. Nadie sabrá, solo yo y este fuego que llevo en el equipaje de mano.

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