Mi escala ardiente en el aeropuerto: un polvo anónimo que no olvidaré

Estaba en el aeropuerto de Madrid, con una escala de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. Cansada del viaje, divorciada, sola, con ganas de algo que me quitara el estrés. Me senté en el bar de la sala de embarque, oliendo ese café fuerte de máquina, eterno en estos sitios. Anuncios de vuelos por megafonía, ‘pasajeros a bordo del vuelo IB-3452…’, ruido constante.

Lo vi entrar. Alto, moreno, piel bronceada, ojos grandes con pestañas largas, sonrisa de Clooney. Llevaba una maleta como yo, viajero de paso. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, yo aparté la vista, pero volví a mirarlo. Pidió un café solo, se sentó cerca. ‘¿Escale larga?’, me dijo con acento italiano suave. ‘Sí, cuatro horas muertas’, respondí, riendo nerviosa. Charlamos. Se llamaba Marco, de Milán, volaba a Lisboa después. Soltero, abierto, ojos que me desnudaban.

El cruce de miradas en la sala de embarque

El bar se llenaba, pero nosotros en nuestra burbuja. ‘Oye, hay un hotel aquí al lado, cinco minutos. ¿Matamos el tiempo?’, soltó de repente. Sentí la adrenalina. Anonimato total, sin mañana. Mi coño se humedeció al pensarlo. ‘Vale, ¿por qué no?’, dije, corazón latiendo fuerte. Pagamos, salimos. El aire fresco de la noche, luces del aeropuerto parpadeando.

Llegamos al hotel cutre cerca de la pista. Recepción rápida, habitación impersonal, aire acondicionado zumbando frío, sábanas blancas crujientes. Cerró la puerta y me besó. Labios suaves, lengua juguetona. ‘Quiero follarte ya’, murmuró. Le arranqué la camisa. Cuerpo perfecto, depilado al completo, ni un pelo en pecho, piernas, pubis. Polla larga, gruesa, prepucio redondo, huevos lisos. Me encantó, exótico.

Me tumbó en la cama, subiendo mi falda. ‘Qué coño tan rico, mojado ya’, dijo lamiéndome. Lengua en mi clítoris, chupando fuerte, dedos dentro, dos, tres. Gemí alto, ‘¡Sí, joder, no pares!’. Olía a su colonia mezclada con mi humedad. Me comió el culo también, lengua metiéndose, me volvió loca. ‘Ahora mi polla’, gruñó. Se puso condón, me abrió las piernas. Entró de golpe, dura, profunda. ‘¡Qué puta estrecha!’, jadeó. Bombeaba rápido, urgencia de extraños. Yo clavaba uñas en su espalda lisa.

El polvo brutal en la habitación del hotel

Cambié posición, a cuatro patas. ‘Fóllame el culo’, pedí, excitada por lo rápido. Escupió en mi ano, metió dedo, luego la punta. Dolía rico, entraba centímetro a centímetro. ‘¡Joder, qué ano virgen!’, gritó. Me taladraba, polla enorme partiéndome. Yo me frotaba el clítoris, venían orgasmos en olas. Sudor frío por la clim, sábanas revueltas. ‘Me corro dentro’, avisó. Se vació gimiendo, yo exploté chorreando.

Caímos exhaustos, respirando agitados. ‘Ha sido brutal’, dijo riendo. Miré el reloj: dos horas volando. Ducha rápida, jabón neutro, agua caliente contrastando el frío de la habitación. Nos vestimos en silencio, sonrisas cómplices. Bajamos, pago rápido. En la puerta del hotel, beso fugaz. ‘Buen vuelo’, susurró. Volví al aeropuerto, piernas temblando aún, coño palpitando.

Anuncio: ‘Vuelo a Barcelona, embarque inmediato’. Me senté en mi asiento, olor a café residual en mi ropa, su semen fantasma en mi piel. Sonrío sola. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano, sin nombre, sin más. Perfecto.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top