Mi escala ardiente con un desconocido y sus gemelas en el hotel del aeropuerto

Estaba en escala en Barajas, vuelo a Barcelona retrasado tres horas. Me senté en el bar, ese olor fuerte a café quemado mezclándose con el sudor de la gente. Anuncios de vuelos retumbando por los altavoces, ‘Atención, vuelo EK147 a Dubái embarcando…’. La clim del aeropuerto me ponía la piel de gallina bajo la blusa. Pedí un gin-tonic, cansada del viaje.

Entonces lo vi. Un chico joven, unos veintidós, moreno, ojos intensos, solo con una mochila. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él dudó un segundo y se acercó. ‘Hola, ¿esperas vuelo también?’, dijo con acento francés. Hugo, se llamaba. Venía de París, escala larga, sus primas gemelas estudiando en Madrid llegaban después a la misma terminal. Charlamos, risas, roces casuales. La tensión crecía, su rodilla contra la mía. ‘Tenemos tiempo… ¿por qué no lo pasamos bien? Hay un hotel al lado’, le solté, directa. Él parpadeó, ‘Eh… vale, pero las chicas…’. No importaba. Pagamos y salimos, el aire nocturno pegajoso, luces de aviones despegando.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

La habitación del hotel era impersonal: clim helada, sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante. Cerramos la puerta, nos besamos con hambre. Sus manos en mi culo, yo palpando su polla ya dura bajo los pantalones. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Lo empujé a la cama, le bajé el zipper, saqué esa verga gruesa, venosa. La chupé despacio al principio, lengua en el glande, luego tragándomela hasta la garganta. Él gemía, ‘¡Dios, qué boca!’. Me volteó, me quitó las bragas, me abrió las piernas. Su lengua en mi coño, lamiendo el clítoris, dedos dentro, chapoteando mi humedad. ‘Estás empapada, puta’, dijo riendo.

No aguanté más. ‘Fóllame ya’. Me penetró de un empujón, polla llenándome el coño hasta el fondo. Golpes duros, cama chirriando, piel chocando. Sudor goteando, su aliento en mi cuello. ‘Más fuerte, cabrón’. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando. De repente, golpes en la puerta. ‘¡Hugo! ¿Estás ahí?’, voces femeninas. Eran Clémence y Florence, sus primas gemelas, idénticas, rubias, curvas perfectas. Entraron, sorprendidas, pero en vez de escándalo, sonrisas pícaras. ‘Vaya, fiesta… ¿nos unimos?’, dijo Florence.

El polvo brutal y el adiós al amanecer

No lo pensamos. Las tres desnudas en segundos. Chupé los pechos de Clémence mientras Hugo me follaba por detrás. Florence se arrodilló, lamió mis huevos y su polla entrando-salida. ‘Preparaos, voy a reventaros el culo’, gruñó él. Primero Florence: lavado rápido en el baño, crema del neceser. Dedos lubricados en su ano, ella gimiendo, ‘¡Sí, métemelos!’. Luego su verga, despacio, pasando el esfínter. ‘¡Joder, duele rico!’, gritó ella. La folló anal, yo masturbándola el clítoris. Clémence igual: yo le lamí el culo mientras él la abría. ‘¡Encúlame, Hugo!’. Polla dura enterrada en su recto, ella corriéndose a chorros.

Turno doble: yo de rodillas, polla en boca y coño chupado por gemelas. Hugo se corrió en mi cara, leche caliente chorreando. Ellas se lamieron mutuamente, dedos en culos. Hora y media de locura: pollas imaginarias con dedos, orgasmos múltiples. La clim zumbando, sábanas empapadas de sudor y fluidos, olor a sexo denso.

A las cinco, alarmas. ‘Vuelo en una hora’, dijo Hugo. Besos rápidos, números no intercambiados. ‘Ha sido… inolvidable’, balbuceó Florence, mejillas rojas. Salieron corriendo, maletas en mano. Yo me duché, coño palpitando, culo sensible. Subí al avión, ese recuerdo quemándome en el equipaje de mano. Adrenalina pura, sin mañana. Solo placer anónimo.

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