Estaba exhausta después de un vuelo largo desde Barcelona. Escale de seis horas en Barajas, Madrid. Decidí no moverme del hotel pegado al aeropuerto. Olía a café quemado por todos lados, y las voces robóticas anunciando vuelos retumbaban de fondo. Me senté en la barra del bar, con mi copa de vino tinto, el aire acondicionado helado erizándome la piel bajo la blusa fina.
Él apareció de la nada. Alto, moreno, con esa mirada de viajero curtido. Pantalón de traje arrugado, camisa abierta un botón de más. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí primero, él respondió con un guiño. ‘¿Escale eterna?’, preguntó, sentándose a mi lado. Su voz grave, con acento francés. ‘Sí, vuelo a México en unas horas’, murmuré, sintiendo ya el cosquilleo. Hablamos poco. Del jet lag, de la mierda de conexiones. Pero el roce de su rodilla contra la mía lo dijo todo.
La chispa en el bar del aeropuerto
‘¿Subimos?’, soltó de repente, su mano rozando mi muslo. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, pero rápido. No hay tiempo para tonterías’. Pagamos y subimos al ascensor. Silencio cargado, su aliento en mi cuello. La puerta de su habitación se abrió con un pitido. Drapas blancos impolutos, olor a limpio industrial, clim rugiendo bajito.
No perdimos tiempo. Me empujó contra la pared, besos hambrientos, lengua invadiendo mi boca. Le arranqué la camisa, sintiendo su pecho duro, sudoroso ya. ‘Quítate todo’, gruñí. Él obedeció, bajándose los pantalones. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, ya tiesa como una barra. Dios, qué pedazo de verga. Me arrodillé sin pensarlo, el suelo frío contra mis rodillas. La agarré, lamí la punta salada, tragué hasta la garganta. Él gemía, ‘Joder, qué boca… chúpamela más profundo’.
Explosión de placer sin frenos
Me levantó, me tiró en la cama. Los drapas crujieron bajo mi culo. Me desnudó a tirones, blusa rota, falda por los tobillos. Sus dedos ásperos en mi coño, ya empapado. ‘Estás chorreando, puta cachonda’, rio. Metió dos dedos, bombeando fuerte, mi clítoris hinchado palpitando. Grité, arqueándome. ‘Fóllame ya, no pares’. Se puso un condón rápido, me abrió las piernas. Entró de un empujón brutal, llenándome hasta el fondo. Dolor-placer puro, su polla abriéndome en canal.
Me follaba como un animal, embestidas salvajes, la cama golpeando la pared. Sudor goteando de su frente a mis tetas. Le clavé las uñas en la espalda, mordí su hombro. ‘Más fuerte, joder, rómpeme el coño’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando, su polla rozando mi punto G. Él me pellizcaba los pezones, duros como piedras. ‘Córrete, zorra, apriétame’. El orgasmo me explotó, chorros calientes bajando por sus huevos. Él rugió, corriéndose dentro, temblores sacudiéndonos.
Nos quedamos jadeando, pegados, el clim enfriando nuestro sudor. Miré el reloj: dos horas voladas. ‘Mi vuelo…’, susurré. Él sonrió, cansado. ‘Ha sido brutal. Sin nombres, sin promesas’. Me vestí rápido, beso rápido en la polla aún semi-dura. Bajé al lobby, anuncios de vuelos zumbando otra vez. Olía a café de nuevo. Embarqué con las piernas temblando, su semen fantasma en mi coño. Recuerdo quemándome en el avión. La mejor escala de mi vida.