Mi Escala Torride en el Hotel del Aeropuerto: Polla Gorda y Adrenalina Pura

Estaba en el bar del hotel pegado al aeropuerto, matando el tiempo antes de mi vuelo a Madrid a las seis de la mañana. El olor a café recién hecho se mezclaba con el zumbido lejano de los anuncios de vuelos. ‘Vuelo AZ-456 a Roma, puerta 12’. Frío de la climatización en la piel, sudadera fina sobre los pechos. Me pedí un gin-tonic, cansada del viaje largo desde Bogotá. Entonces lo vi. Alto, moreno, ojos intensos, sentado solo con una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa. Él levantó el vaso. Me acerqué, corazón latiendo fuerte. ‘¿Escale larga?’, preguntó con acento italiano. ‘Sí, joder, horas muertas’, respondí riendo. Charlamos. Se llamaba Luca, de Milán, vuelo retrasado. Hablamos de viajes, de la libertad de no conocer a nadie. ‘El anonimato mola, ¿no? Mañana cada uno a su vida’, dijo. Sentí el calor subir. Sus manos grandes, olor a colonia fresca. ‘¿Subimos? Mi habitación está arriba’, soltó de repente. Dudé un segundo. ‘Venga, por qué no. Solo unas horas’. Adrenalina pura, sabiendo que me iba pronto.

La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, luz tenue, aire acondicionado zumbando. Cerró la puerta y me besó con hambre. Manos por todas partes. ‘Quítate todo’, gruñó. Me arranqué la ropa rápido, pechos libres, pezones duros. Él se desnudó: torso musculado, y joder, esa polla. Gorda, venosa, como 22 cm tiesa apuntando al techo. ‘Mierda, qué pedazo de verga’, murmuré lamiéndome los labios. Me tiró en la cama, sábanas frías contra la espalda caliente. Me abrió las piernas, aire helado en el coño ya mojado. ‘Estás chorreando, puta’, dijo metiendo dos dedos. Gemí fuerte. Bajó la cabeza, lengua en el clítoris, chupando como loco. ‘¡Sí, así, joder!’. Me corrí rápido, temblando, jugos en su boca. Él se incorporó, polla palpitando. ‘Chúpamela’. Me arrodillé, olor a macho, saliva por el tronco grueso. La tragué hasta la garganta, arcadas placenteras. ‘Buena mamada, cabrona’. Me puso a cuatro patas, nalgas al aire. ‘Voy a reventarte el coño’. Entró de golpe, medio tronco. ‘¡Aaaah, despacio, coño!’. Pero empujó todo, bolas contra mi clítoris. Dolor-placer brutal. Me follaba salvaje, cama chirriando, sudor goteando. ‘Toma polla, zorra de aeropuerto’. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa bestia, pechos botando. Sus manos en mi culo, dedo en el ano. ‘¡Me voy a correr!’. Él no paró, me dio la vuelta, misionero feroz. ‘Córrete en mi coño, lléname’. Explosión: semen caliente, chorros dentro, rebosando. Me corrí otra vez, gritando, uñas en su espalda. No bastó. ‘Ahora el culo’, jadeó. Lubricó con mi flujo y su leche, entró lento. ‘¡Joder, qué apretado!’. Me folló el ojete sin piedad, mano en clítoris. Orgasmo anal, squirteando como nunca. Él gruñó, segunda corrida en mi culo.

El Regalo Cruzado en el Bar

A las cinco, alarma. Sudor secos, sábanas revueltas, olor a sexo y café del pasillo. ‘Ha sido brutal’, dijo besándome. ‘Sin nombres reales, sin mañana’. Me vestí rápido, coño y culo palpitando, semen secándose en muslos. Bajamos, último gin-tonic robado del minibar. En la puerta del aeropuerto, abrazo rápido. ‘Buen vuelo, puta’. Sonreí. ‘Igual tú, pollón’. Anuncios retumbando. Subí al avión, asiento pegajoso de recuerdos. Ese calor en mi equipaje a mano, secreto ardiente para siempre.

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