Mi escala ardiente en el aeropuerto: un polvo rápido y brutal con un desconocido

Estaba en la sala de embarque del aeropuerto de Madrid, con mi vuelo a Barcelona retrasado tres horas. El aire olía a café quemado de la cafetería cercana, y los altavoces no paraban: ‘Pasajeros del vuelo IB-345 a Barcelona, se ruega paciencia’. Me aburría, sentada con las piernas cruzadas, móvil en mano. Entonces lo vi. Alto, moreno, ojos intensos, traje algo arrugado por el viaje. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió. Yo bajé la vista, pero volví a mirarlo. Él se acercó, con una cerveza en la mano.

—Hola, ¿esperando también? —dijo, voz grave, con acento andaluz.

El cruce de miradas en la sala de embarque

—Sí… tres horas de mierda —respondí, riendo nerviosa—. Tú también, ¿no?

—Cuatro. Vuelo a Sevilla. Me llamo Pablo. ¿Quieres un café? O algo más fuerte.

Acepté. Fuimos al bar. Hablamos de viajes, de lo jodido que es estar solo en aeropuertos. Sentí la química. Él me miró las tetas, yo su paquete marcado en los pantalones. ‘Joder, qué ganas de follar’, pensé. Mi vuelo salía al amanecer, el suyo un poco antes. ‘Anónimo, sin mañana’, me dije. Le propuse:

—¿Y si matamos el tiempo en un hotel aquí cerca? Hay uno cutre al lado, perfecto para… ya sabes.

Sus ojos se iluminaron. —Joder, sí. Vamos.

Pagamos rápido y salimos. El viento frío de la noche nos golpeó, caminando deprisa. El hotel era feo, luces neón parpadeando, recepción desierta. Subimos a la habitación. La clim ronroneaba, helada, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la blusa. Sábanas blancas, impersonales, olor a desinfectante.

Cerró la puerta y me besó con hambre. Lenguas salvajes, manos por todas partes. Le arranqué la camisa, él mi falda. —Quítate las bragas, puta —gruñó, excitado.

El sexo urgente en la habitación impersonal

Me tumbé en la cama, piernas abiertas. Él se bajó los pantalones: polla gorda, dura, venosa. Me la metí en la boca directo, chupando fuerte, saliva goteando. ‘Mmm, qué rica’, gemí. Él jadeaba: —Joder, qué bien mamas, cabrona. Trágatela toda.

La tragué hasta la garganta, tosiendo un poco, pero adorándolo. Me folló la boca unos minutos, cogiéndome el pelo. Luego me volteó, culo arriba. Sentí su lengua en mi coño, lamiendo el clítoris, metiendo dedos. Estaba empapada, jugos chorreando por las piernas. —Estás chorreando, zorra —dijo, riendo.

—Fóllame ya, no tenemos tiempo —supliqué.

Me penetró de un empujón brutal. Polla enorme abriéndome el coño, dolor-placer. Gemí alto: —¡Sí, así, rómpeme! Me embestía como un animal, huevos golpeando mi culo, cama crujiendo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando. Le pellizcaba los pezones, él me azotaba las nalgas. —Córrete dentro, lléname de leche —le pedí.

Aceleró, gruñendo. Sentí su polla hincharse, y eyaculó fuerte, chorros calientes inundándome. Yo exploté segundos después, coño contrayéndose, gritando. Sudados, jadeantes, nos quedamos quietos un rato, polla aún dentro, semen goteando.

Antes del alba, se levantó. Beso rápido, números no intercambiados. —Ha sido brutal —dijo, vistiéndose.

—Sí… un recuerdo para el vuelo —sonreí.

Me dejó sola. Ducha fría, recogí mi maleta. Olor a sexo en la piel, piernas temblando. Volví al aeropuerto, anuncios retumbando. Subí al avión con el coño dolorido, sonrisa pícara. Ese polvo anónimo, pura adrenalina, viaja conmigo siempre.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top