Mi follada salvaje en el hotel del aeropuerto durante la escala

Estaba en Barajas, escala de cuatro horas de Madrid a Barcelona. Cansada del vuelo anterior, me senté en el bar de la sala de embarque. Olía a café quemado, fuerte, mezclado con ese aire acondicionado frío que te pone la piel de gallina. Anuncios de vuelos retumbaban: ‘Última llamada para el vuelo a París…’. Yo, con mi falda corta y blusa ligera, sorbía un cortado, pensando en lo aburrido de mi vida casada. A los 38, necesitaba algo loco, anónimo, sin consecuencias.

La vi de reojo. Rubia, atlética, unos 25 años, leggings ajustados marcando un culo perfecto, camiseta holgada pero con tetas firmes asomando. Estaba sola, mordisqueando un sándwich, ojos verdes fijos en su móvil. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, ella dudó… y sonrió de vuelta. ‘¿Española?’, le pregunté acercándome. ‘Sí, de Valencia, vuelo a Londres retrasado’, dijo con voz ronca, sexy. ‘Yo a Barcelona en tres horas. ¿Una birra para matar el tiempo?’. Eh… sí, por qué no. Charlamos. Se llamaba Lucía, viajera habitual, abierta como yo. ‘Odio las escalas solas’, confesó. ‘Yo también. Hay un hotel aquí al lado, habitaciones por horas. ¿Te animas a unas horas libres?’. La vi titubear, pero sus ojos brillaban. ‘Joder, vale. Sin compromisos, ¿eh?’. Pagué las cervezas, cogimos las maletas de mano y salimos corriendo al shuttle del hotel.

El encuentro casual en la sala de embarque

La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, olor a limpio y lejía, clim fuerte que nos erizó la piel. Cerramos la puerta y… bum. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saliva mezclada. ‘Quítate eso’, le gruñí arrancándole la camiseta. Sus tetas pequeñas, perfectas, pezones duros como piedras. Las chupé fuerte, mordí, ella gimió: ‘¡Sí, joder, así!’. La tiré en la cama, le bajé los leggings. Su coño depilado, ya mojado, labios hinchados brillando. ‘Qué puta estás’, le dije oliendo su excitación, ese aroma dulce y salado. Metí la lengua directo al clítoris, lamí rápido, circles furiosos. ‘¡Aaaah, no pares, coño!’, gritó arqueando la espalda. Le metí dos dedos, bombeando duro, chap-chap de su lefa empapándome la mano.

El sexo urgente y sin filtros en la habitación

Se giró, me arrancó la falda. ‘Ahora tú, guarra’. Me abrió las piernas, sopló mi coño afeitado. ‘Estás chorreando’. Me lamió el culo primero, lengua juguetona en el ano, luego al clítoris, succionando como loca. ‘¡Fóllame con la lengua!’, jadeé. Metió tres dedos en mi chocho, estirándome, follándome salvaje mientras me pellizcaba los pezones. Yo cabalgaba su cara, restregando mi humedad en su boca. Cambiamos: 69 frenético, coños en la cara, lamiendo lefas, mordiendo labios vaginales. ‘¡Me corro, joder!’, chilló ella primero, squirteando en mi boca, salada y caliente. Yo exploté segundos después, temblores brutales, chorros en sus tetas. Nos frotamos clítoris contra clítoris, tribbing húmedo, sudorosas, gimiendo como animales. Urgencia total: sabíamos que el tiempo volaba, follamos sin parar, culos en pompa, dedos en culos, todo crudo.

Sudadas, jadeantes, miramos el reloj. ‘Mi vuelo en 45 minutos’, dije. Ella: ‘El mío en una hora’. Nos vestimos rápido, besos pegajosos. ‘Ha sido brutal, sin nombre mañana’, sonrió. Bajamos, shuttle de vuelta. En la sala, último abrazo: ‘Guárdate el recuerdo en el equipaje’. Su vuelo llamó primero. La vi irse, culo meneándose. Yo embarqué a Barcelona, coño palpitando aún, braguita empapada. Ese fuego anónimo me quema todavía. Adrenalina pura del viaje.

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