Estaba en la sala de embarque de Barajas, vuelo retrasado tres horas. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Pasajeros a París, puerta 15’. Sudor nervioso, aire acondicionado helado. Yo, con mi falda corta y blusa ajustada, piernas cruzadas, móvil en mano fingiendo scroll. Él apareció de repente, alto, moreno, ojos intensos, maleta al hombro. Turista, mochilero quizás. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa tímida suya, yo le devolví una pícara. ‘¿Vuelo retrasado también?’, dijo acercándose, voz grave con acento italiano. ‘Sí, joder, qué coñazo’, respondí riendo. Charlamos. Se llamaba Marco, 28 años, de Milán, yendo a Madrid por negocios. Química instantánea. ‘Hay un hotel al lado, cápsulas baratas. ¿Te animas a matar el tiempo?’, propuso. Corazón latiendo fuerte. Adrenalina del viaje, anonimato total, en unas horas cada uno a su vida. ‘Vamos’, dije sin pensarlo.
Llegamos al hotel cutre cerca del aeropuerto. Recepción rápida, llave de una habitación impersonal. Draps blancos crujientes, olor a desinfectante y humedad. Puerta cerrada, clic. Nos miramos. ‘No sé tu nombre completo ni nada’, murmuré. ‘Mejor así’, contestó él, acercándose. Sus manos en mi cintura, beso hambriento. Lenguas enredadas, sabor a menta de su chicle. Le empujé a la cama. ‘Tengo poco tiempo’, jadeé quitándome la blusa. Sus ojos devorándome los pechos, pezones duros ya. Bajé su cremallera, polla saltando dura, venosa, gruesa. ‘Joder, qué polla más bonita’, gemí. La agarré, masturbándola lento. Él gimiendo: ‘Chúpamela, por favor’. Me arrodillé, climatizador zumbando de fondo. Boca abierta, lengua lamiendo el glande salado. La tragué entera, garganta profunda, saliva chorreando. ‘Mmm, así, cabrona’, gruñó él agarrándome el pelo. Chupé fuerte, bolas en mi mano, succionando como puta en celo. Anuncios lejanos del aeropuerto filtrándose por la ventana.
El mirada que lo cambió todo en la sala de espera
No aguantó mucho. ‘Me corro’, avisó. Explosión en mi boca, leche caliente, espesa, tragué todo con gusto. ‘Deliciosa’, dije lamiéndome labios. Pero yo ardía. ‘Fóllame ya’, ordené tumbándome, piernas abiertas. Coño empapado, jugos resbalando. Él encima, polla tiesa otra vez, frotándola en mi clítoris. ‘Estás chorreando’, rio. Entró de un golpe, polla rellenándome, estirándome. ‘¡Sí, joder, más fuerte!’, grité. Embestidas brutales, cama chirriando, piel sudada pegándose. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Yo clavándole uñas en la espalda. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeó. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, polla hundiéndose hasta el fondo. Clítoris frotando su pubis, orgasmo subiendo. ‘Me vengo, no pares’, chillé. Temblores, chorros mojando sus huevos. Él debajo, follándome desde abajo, gruñendo. Segunda corrida suya dentro, crema caliente llenándome el útero. ‘Hostia, qué follada’, susurró exhausto.
A las cinco de la mañana, alarma. Luz gris entrando por la persiana. Nos vestimos rápido, besos torpes. ‘Ha sido increíble, sin nombres, sin números’, dije sonriendo. Él asintió: ‘El mejor recuerdo de este viaje’. Bajamos, café rápido en el lobby, olor a avión. Nos separamos en la terminal, mi vuelo llamando. Caminé a la puerta con su semen aún goteando entre mis piernas, coño palpitando. Maleta en mano, sonrisa pícara. Ningún mañana, solo este fuego en mi memoria.