Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba en el bar del aeropuerto de Madrid, esperando mi vuelo a Barcelona. Olor a café recién hecho, mezclado con ese aire rancio de duty free. Anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para Nueva York…’. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Llevaba horas de escala, cansada del viaje, pero con esa picazón de siempre. Los viajes me ponen cachonda, el anonimato, saber que en unas horas todo acaba.

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Lo vi entrar. Alto, moreno, unos 25 años, mochila al hombro. Parecía estudiante o algo, con esa cara de niño bueno pero ojos hambrientos. Se sentó al lado, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí primero, él dudó… ‘¿Española?’, me preguntó con acento francés. ‘Sí, de Madrid, pero viajo mucho’, respondí, cruzando las piernas. Charla tonta: vuelos retrasados, hoteles cutres. Sentí su mirada bajando a mi escote. ‘¿Tienes prisa?’, le solté. Él tragó saliva. ‘No, mi vuelo es a las 6 de la mañana’. Yo igual. ‘Hay un hotel aquí al lado… ¿unas horas libres?’. Él parpadeó, pero asintió. Adrenalina pura.

El encuentro en el bar del aeropuerto

Pagamos y salimos. El hotel era impersonal, luces frías, recepción vacía a esa hora. Subimos en ascensor, silencio pesado. Olía a desinfectante. Abrí la puerta de mi habitación: aire acondicionado a tope, sábanas blancas crujientes, ventana con vista a pistas de aterrizaje. Luces de aviones parpadeando. Nos miramos. ‘¿Seguro?’, murmuró él. ‘Cállate y fóllame’, le dije, tirando mi bolso.

Lo empujé a la cama. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó dura, gorda, con venitas marcadas. Olía a macho sudado del viaje. ‘Joder, qué rica’, gemí, lamiendo el capullo salado de precum. Él jadeó, manos en mi pelo. Me tragué toda, garganta profunda, baboseando. ‘Mierda… qué buena boca’, gruñó. Le chupé las huevos, mordisqueando suave. Él me arrancó la blusa, pechos al aire. Durísimos pezones. Me mamó uno, fuerte, mientras metía mano en mi tanga. ‘Estás empapada, puta’, dijo. Dos dedos dentro, chapoteando mi coño.

La follada intensa en la habitación

Me puse a cuatro patas. ‘Métemela ya, no tenemos toda la noche’. Embistió de golpe, polla abriéndose paso en mi chocho chorreante. ‘¡Hostia!’, grité. Follando duro, cama chirriando, clim zumbando. Pieles chocando, sudor. ‘Más fuerte, cabrón’. Le apreté el culo, metí un dedo en su ojete. Se volvió loco, bombeando como animal. Cambiamos: yo encima, cabalgando, polla tocando fondo. ‘Me corro… no pares’, jadeó. ‘Dentro, lléname’. Él explotó, leche caliente inundándome. Yo me vine después, clítoris frotando su pubis, chorros mojando sábanas.

No paramos. Lo puse de rodillas, le comí el culo limpio, lengua girando. ‘Qué viciosa’, rió nervioso. Le metí dedos untados de mi corrida, masajeando próstata. Polla revivió. Anal ahora: lubricante del neceser, mi saliva. ‘Despacio al principio’, pedí. Entró poquito a poco, estirándome. Dolor placer. ‘Joder, qué prieto tu culito’. Me folló el ano, profundo, yo masturbándome coño. Orgasmo doble, gritando bajito por no despertar vecinos. Él se corrió otra vez, dentro, semen goteando.

A las 4, ducha rápida. Agua caliente, jabón en cuerpos exhaustos. Besos lentos. ‘Ha sido… increíble’, murmuró vistiéndose. ‘Sin nombres, sin números’, dije sonriendo. Lo acompañé al lobby. Anuncios de vuelos de nuevo. Nos dimos un beso largo, su mano en mi culo. ‘Buen viaje’. Se fue a su puerta. Yo a la mía, coño palpitando, semen seco en muslos. Recogí bolso, check-out. En el avión, sonrisa pícara. Ese recuerdo quema en mi mente, mi mejor bagaje de mano.

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