Me llamo Lucía, tengo 44 años, casada, tres hijos grandes. Pero en los viajes, soy otra. Libre, anónima. Me flipa esa adrenalina de follar sin mañana, sabiendo que en unas horas cojo el avión y chau. El mes pasado, escala en Barajas, Madrid. Vuelo a Barcelona retrasado cuatro horas. Llego al bar de la terminal, huelo ese café quemado de aeropuerto, eterno. Anuncios de vuelos por megafonía: ‘Pasajeros a París, puerta 15’. Me siento en la barra, pido un gin-tonic. Frío en el aire acondicionado, piel de gallina.
Miro alrededor. Él está dos taburetes más allá. Alto, moreno, unos 35, traje arrugado, maleta a los pies. Nuestras miradas se cruzan. Sonrío. Él devuelve la sonrisa, ojos picantes. Se acerca. ‘¿Española?’, pregunta con acento italiano. ‘Sí, ¿tú?’. ‘De Milán, escala eterna’. Charlamos. Vino, risas. Siento el cosquilleo. ‘¿Hotel cerca?’, digo yo, directa. Él asiente, ojos brillantes. ‘Vamos’. Pagamos, salimos. Cinco minutos caminando, hotel cutre al lado del aeropuerto. Recepción vacía, llave magnética. Subimos. Puerta cierra con clic.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
La habitación: cama grande, sábanas blancas impolutas, olor a limpio y desinfectante. Aire acondicionado zumbando, frío que eriza los pezones. Nos besamos ya en el ascensor, urgentes. Manos por todas partes. ‘Quítate la ropa’, jadeo. Él se desnuda rápido. Polla dura, gruesa, venosa. Me excita verla saltar. Yo tiro falda, bragas. Me tumbo en la cama, piernas abiertas. ‘Chúpame’, le ordeno. Se arrodilla, lengua en mi coño. Húmedo ya, clítoris hinchado. Gimo, ‘Sí, así…’. Dedos dentro, chupando fuerte. Yo le agarro la cabeza, huelo su pelo.
Me incorporo. ‘Ahora yo’. Le empujo a la cama. Polla en mi boca. Salada, dura como piedra. La chupo despacio, lengua alrededor del glande. ‘Joder, qué buena boca’, murmura él. Babas por el huevo. Me excita su gemido. Pero quiero más. Pienso en mi culo. Nunca con mi marido del todo, pero aquí, anónimos, ¿por qué no? Me pongo a cuatro patas, cara en almohada. ‘Fóllame el culo. Pero despacio’. Él duda un segundo. ‘¿Segura?’. ‘Sí, lubricante en el baño’. Vuelve con crema. Fría en mi ano. Dedo primero, entra fácil. Gimo, ‘Otro’. Dos dedos abren mi agujero.
La penetración anal urgente y brutal
Siento su polla en la entrada. Cabeza grande presionando. ‘Despacio…’, susurro. Aprieto, relajo. Entra un poco, quema. ‘Espera’. Respiro hondo, aire frío en la espalda sudada. ‘Vale, empuja’. Milímetro a milímetro. ‘¡Ouf!’, exclamo cuando pasa el esfínter. Duele, pero placer raro crece. ‘¿Bien?’, pregunta. ‘Sí, muévete’. Agarra mis caderas, como en porno. Empieza lento, polla llenándome el culo. Anuncios lejanos por la ventana entreabierta. Ritmo sube. ‘Más fuerte’, pido. Me folla brutal, piel contra piel. ‘Tu culo es mío’, gruñe. Siento bolas golpeando mi coño. Orgasmo me sube, exploto gritando, ano apretando su verga.
‘Me corro’, avisa. ‘Dentro, llénalo’. Saca y mete profundo, chorros calientes en mis entrañas. Se derrumba sobre mí, sudor pegajoso. Besos en cuello. ‘Increíble’, dice. Yo sonrío, culo palpitando, semen goteando.
Media hora después, ducha rápida. Él se viste. ‘Mi vuelo’. Abrazos en puerta. ‘Adiós, guapa’. Baja. Yo recojo cosas, siento el ardor en el culo, humedad entre piernas. Vuelvo al aeropuerto, anuncio mi vuelo: ‘Barcelona, puerta 22’. Siento su semen resbalando en las bragas. Sonrío. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Mañana, vida normal. Pero esto… mío para siempre.