Estaba en la sala de embarque del aeropuerto de Madrid, esperando mi vuelo a Barcelona. Retraso de tres horas. El aire olía a café quemado y a esos bollos industriales del bar. Anuncios de vuelos por los altavoces, cada dos por tres. ‘Vuelo EK147 a Dubái, puerta 23’. Me aburría, con las piernas cruzadas, scrolling el móvil sin ver nada. Llevaba un vestido ligero, verano, y la clim del aeropuerto me ponía la piel de gallina.
Lo vi entrar. Alto, moreno, con pinta de viajero empedernido. Camisa blanca algo arrugada, maleta de mano. Se sentó en la barra del bar, pidió un whisky. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, yo bajé la vista, pero volví a mirarlo. ‘¿Española?’, me dijo desde lejos, alzando la copa. ‘Sí, ¿y tú?’, respondí, acercándome. Se llamaba Marco, italiano, escale de Milán a México. ‘Dos horas muertas, ¿no?’, dijo. Reí. Hablamos de viajes, de lo jodido que es esperar. Sentí esa chispa, el anonimato total. Nadie nos conocía, en unas horas cada uno a su vida.
El cruce de miradas en la sala de espera
‘¿Quieres subir a mi habitación? El hotel de al lado es cutre pero tiene camas’, soltó de repente. Dudé un segundo, mordiéndome el labio. ‘Vale, pero solo unas horas. Mi vuelo sale pronto’. Pagamos las copas y salimos. El shuttle del hotel nos recogió en dos minutos. Caminamos por el pasillo con moqueta raída, olor a desinfectante. Mi corazón latía fuerte, adrenalina pura. Abrí la puerta de mi habitación –había reservado por si acaso–, luces tenues, clim fría que erizaba todo.
Cerramos la puerta y ya estaba. Nos besamos con hambre, lenguas urgentes. ‘Quítate el vestido’, murmuró, voz ronca. Me lo saqué de un tirón, quedé en tanga y sujetador. Él se desabrochó la camisa, pantalón abajo. Su polla saltó dura, gruesa, venosa. ‘Joder, qué grande’, dije, tocándola. La chupé ahí mismo, de rodillas en la moqueta áspera. Sabía a sudor limpio, a hombre de viaje. Él gemía bajito, ‘Sí, así, cabrona’. Me levantó, me tiró en la cama. Draps blancos, frescos, crujientes. Me abrió las piernas, olía mi coño ya mojado. ‘Estás chorreando’, dijo, metiendo dos dedos. Grité suave, arqueándome.
La follada urgente en la habitación
Me comió el coño como un lobo. Lengua rápida en el clítoris, chupando fuerte. ‘¡Ay, joder, no pares!’, jadeé. La clim zumbaba, contrastando con el calor de su boca. Me corrí rápido, temblando, agarrándole el pelo. ‘Ahora fóllame’, le pedí. Se puso condón –buen chico–, y entró de un empujón. Su polla me llenaba, estirándome. ‘¡Qué apretada estás!’, gruñó, embistiéndome duro. La cama chirriaba, ritmos salvajes. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas botando. Sudor mezclado, olor a sexo crudo. ‘Dame por el culo’, le dije, excitada por la urgencia. Escupió en mi ano, empujó lento. Duele al principio, luego placer puro. ‘¡Fóllame el culo, más fuerte!’ Me pistoneaba, bolas golpeando. Anuncios de vuelos se oían lejanos por la ventana entreabierta.
Me corrí dos veces más, gritando su nombre inventado. Él no aguantó: ‘Me vengo, puta’. Se sacó el condón, eyaculó en mis tetas, chorros calientes. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos en los draps revueltos. Miré el reloj: una hora para mi vuelo. ‘Ha sido brutal’, dijo, besándome. Nos duchamos rápido, agua fría despertándonos. Agua jabonosa, manos resbalando una última vez.
Bajamos al lobby, shuttle de vuelta. Nos despedimos con un beso largo en la puerta del aeropuerto. ‘Sin números, sin promesas’, sonreí. Él asintió, guiño. Subí al avión, coño dolorido, sonrisa pícara. Ese polvo anónimo, con olor a hotel barato y café de aeropuerto, lo llevo en mi bagage a main para siempre. Adrenalina de viaje, placer sin cadenas.