Estaba en el aeropuerto de Madrid, esperando mi vuelo a Barcelona. Llevaba horas de escala por un retraso. El olor a café quemado del bar me tenía harta, mezclado con el zumbido de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo IB-345 a Barcelona, puerta 12’. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Ahí lo vi. Un chico joven, como de 20 años, solo en una mesa, con una mochila y un libro en las manos. Parecía nervioso, tímido, con esa cara de quien no sabe qué hacer con su polla tiesa.
Nuestras miradas se cruzaron. Él apartó la vista rápido, rojo como un tomate. Sonreí y me acerqué. ‘¿Esperando el mismo vuelo?’, le dije sentándome sin pedir permiso. ‘Eh… sí, a Barcelona. Pero retrasado’, balbuceó. Se llamaba Pablo, estudiante, primer viaje solo. Hablamos poco, pero sentí esa electricidad. Le conté que adoraba las escalas, el anonimato, follar sin compromisos antes de volar. ‘¿En serio?’, dijo con los ojos como platos. La clim del aeropuerto nos envolvía en frío, pero yo sudaba de ganas.
El cruce de miradas en la sala de embarque
‘¿Tienes hotel cerca?’, pregunté. Negó con la cabeza. ‘Yo sí, al lado. Mi vuelo sale en cuatro horas. ¿Quieres pasar el rato?’. Dudó, pero vi el bulto en sus vaqueros. ‘Venga, no seas puñeta’, insistí. Cogimos un taxi rápido. En la habitación, el aire acondicionado zumbaba fuerte, los drapos blancos crujían impersonales. Perfecto para un polvo anónimo.
Cerré la puerta y lo besé sin preámbulos. Él temblaba, torpe. ‘Relájate, chaval’, murmuré quitándole la camiseta. Olía a sudor limpio de viaje. Le bajé los pantalones y ahí estaba: polla dura, gorda, con el capullo asomando del prepucio. ‘Joder, qué rica’, dije lamiéndomela. Él gemía, ‘No sé… nunca he…’. ‘Calla y fóllame’, corté.
Lo tiré en la cama. Me quité la falda y las bragas de un tirón. Mi coño ya chorreaba, depilado, hinchado de ganas. Me subí encima, restregándome en su polla. ‘Mira cómo te mojo’, le dije. Él jadeaba, manos en mis tetas. Las pellizcaba mal, pero con hambre. La tele del fondo anunciaba vuelos, pero no importaba. Le metí la polla de golpe. ‘¡Ahhh!’, grité. Estaba tiesa, me llenaba el chocho hasta el fondo.
La follada urgente en la habitación
Cabalgaba fuerte, el colchón chirriaba. ‘Fóllame más duro’, exigí. Él empujaba desde abajo, sudando. Le di la vuelta, perrito. ‘Métemela hasta el culo’, gemí. Tocó mi ano con dedos torpes, pero yo guiaba. ‘Sí, así, joder’. El olor a sexo llenaba la habitación, mixto con el desinfectante del hotel. Le chupé las pelotas mientras me la metía por detrás, no anal, pero rozando. ‘Me corro’, avisó. ‘Dentro no, cabrón, en la boca’. Me arrodillé, mamándosela profunda. Garganta hasta las arcadas. Él explotó, leche caliente, espesa, tragándomela toda.
Pero no paré. ‘Ahora me tocas tú’. Le metí la cara en mi coño. ‘Lame el clítoris, gira la lengua’. Él aprendía rápido, torpe pero ansioso. Sentí el orgasmo subir, piernas temblando. ‘¡Sí, coño, no pares!’. Me corrí fuerte, squirt en su cara, él lamiendo todo.
Miré el reloj. Dos horas para mi vuelo. ‘Vístete’, dije riendo. Él boquiabierto, polla chorreando restos. ‘Ha sido… increíble’. Le di un beso rápido. ‘Sin nombres, sin números. Buen viaje’. Bajé al aeropuerto, el coño palpitando aún, olor a semen en la boca. Anuncio: ‘Vuelo a Barcelona, embarque inmediato’. Me fui con ese recuerdo quemándome en el equipaje de mano. Adrenalina pura, sin mañana.